Armas de fuego en EE.UU.
Por Michel Leidermann

No creo que los padres de la patria estadounidense tuvieran la intención de promulgar la Segunda Enmienda a la Constitución, con el propósito de que los habitantes del país pudieran adquirir, como si fuesen caramelos, los sofisticados rifles de asalto con los que se cometen espantosas masacres. Estados Unidos ha vivido desde 2007, por lo menos 20 matanzas significativas con armas de fuego.

La Segunda Enmienda fue propuesta en 1789 durante el Primer Congreso, en Nueva York, y proclamada en el 15 de diciembre de 1791, en el Segundo Congreso, en Filadelfia, donde se aprobó la Carta de Derechos, que corresponde a las 10 primeras enmiendas a la Constitución.

Para ese tiempo, el país comenzaba a vivir la paz, después de una cruenta guerra de independencia, que duró ocho años, entre 1775 y 1783, en la que los revolucionarios de las primeras 13 colonias derrotaron al Imperio Británico.

El alzamiento contra los ingleses había sido protagonizado primordialmente por milicias de campesinos, que antes y después de las hostilidades, utilizaban sus armas de fuego para cazar animales para su sustento y defenderse de las bestias salvajes. Las armas de fuego que se usaban en la época eran mosquetes que se alimentaban con cargas de pólvora, con las que solo se podía hacer un disparo a la vez. Los soldados más avezados apenas lograban hacer tres disparos por minuto.

El concepto de que el pueblo tuviera armas de fuego, tenía un razonamiento: que en cualquier momento los ingleses podrían regresar a recuperar el territorio. Y esto se hizo realidad en 1812, en un conflicto que duró dos años, en el que los británicos redujeron a cenizas a Washington, la recién estrenada capital estadounidense.

Pero ningún Padre de la Patria conoció un rifle de asalto como el AR 15 con capacidad de hacer 60 disparos por minuto al adaptarle un cargador especial.

Para cazar un venado no se requiere un arma que dispara tal cantidad de proyectiles en tan corto lapso de tiempo.

El 30 de junio de 2014, un individuo disparó contra un café en el distrito universitario de Seattle, en el estado de Washington, asesinando a 5 personas.

El 8 de enero de 2011, en un centro comercial de Tucson, en Arizona, un hombre provocó la muerte de 6 personas y lesiones a 13, entre ellas a la ex congresista Gabrielle Giffords.

En 16 de abril de 2007, un estudiante abrió fuego en la Universidad de Virginia Tech, en Blacksburg, matando a 32 personas e hiriendo a 17.

El 20 de abril de 1999, en Littleton, Colorado, dos alumnos de la Escuela Secundaria Columbine, asesinaron a 12 de sus compañeros y a un maestro, además de dejar decenas de lesionados.

La masacre cometida el 20 de julio de 2012 por James Holmes en el estreno de media noche del film de Batman, en el cine de Aurora, en Denver, es inexplicable. Tras estos sucesos vuelve al tapete el debate sobre la facilidad de adquisición de las armas de fuego. 

Yo no digo que no sean necesarias, si uno tiene que proteger la vida ante la amenaza de un criminal bruto, pero las masacres ponen en tela de juicio su utilidad real.

Los legisladores tienen que empezar a perderle miedo a la Asociación Nacional del Rifle, y reglamentar el porte de armas semiautomáticas diseñadas para la guerra, y reconocer los abusos a que se prestan de parte de criminales, narcos y personas mentalmente inestables

 

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