AUN CUANDO LOS POLÍTICOS ROBAN LOS SIGUEN REELIGIENDO
Por Michel Leidermann

Hay términos como bondad o justicia, que todos aspiramos a alcanzar sin conseguirlo, y otros, como corrupción, que todos queremos combatir, sin conseguirlo tampoco. La corrupción se ha convertido en la enfermedad incurable de las democracias y está carcomiendo muchos países y las bases del sistema de convivencia y la credibilidad política. 

La corrupción se ha convertido en la enfermedad incurable de las democracias.

Si se analiza su origen no es un problema que se aclare o arregle sólo con leyes, con iniciativas más o menos esporádicas de la justicia o con grandes campañas de denuncia en la prensa. Hay cosas que no se aprenden porque las leyes te obliguen, sino que se maman desde la cuna. 

En ese contexto, si se le preguntase a Lula da Silva (ex presidente de Brasil) por qué durante su mandato se organizó la mayor red de corruptelas de la historia en un sistema tan prostituido como el brasileño, Lula y los miembros de su Gobierno contestarían que el fin justificaba los medios. En una visión táctica, la justificación sería que, en vista de que era la primera vez que la izquierda gobernaba en Brasil, no se podía detener el avance de la historia por pequeñas consideraciones morales. 

México es un punto y aparte, un país donde un político se atrevió a decir que la moral es algo que crece en un árbol que produce moras. Los recientes escándalos sobre la compra de casas millonarias por parte de los miembros más relevantes del Gobierno, incluido el propio presidente Enrique Peña Nieto, muestran que no hay diferencia entre lo público y lo privado. Y si durante los últimos 50 años la “mordida” ha formado parte de la vida mexicana. Esa mordida ha terminado por comerse a la sociedad.

La corrupción pone de manifiesto lo que parecen olvidar los pueblos por una parte, y los dirigentes, por otra: los políticos vienen del pueblo al cual traicionan, usando la corrupción como un arma, aunque sea una aparente política de desarrollo social.

Al final, parece que nadie escapa a la tradición de la corrupción en los países latinoamericanos. No es que ésta no se dé en los anglosajones, pero sí tienen más instinto de conservación y un sentimiento, no sé si de temor o de convicción, inculcado desde la cuna, por el que la corrupción no queda impune, aunque cuando estalla es tan brutal como en nuestra cultura, donde nacemos con la obligación del derecho a ser corruptos.

La paradoja de todo esto es que la democracia ha provocado dos situaciones: primera, que la clase política suplante el poder popular; segunda, que cuando los políticos cometen el delito de alta traición, robando al pueblo, éste sigue votándoles.

 

¿SE ENCOGE EL CEREBRO CON LA EDAD?

Típicamente a los 80 años de edad el cerebro pesa alrededor de un 15% menos que a los 20 años. Con el paso del tiempo, las neuronas dejen de regenerarse y los mecanismos que reparan daños menores son menos efectivos.

Otros animales no experimentan tales alteraciones pero los humanos tienen cerebros excepcionalmente grandes y, además, viven mucho tiempo.

La reducción del volumen del cerebro es sólo una de las muchas consecuencias de la longevidad, como lo son la artritis y el cáncer. Pero una reciente  investigación ha descubierto que permanecer físicamente activo entre los 70 y los 80 años, ayuda a reducir el ritmo de la contracción cerebral.

 

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Michel Leidermann
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