HISTORIAS DE LA CASA BLANCA
LOS EMPLEADOS DEL #1.600 DE PENSILVANIA AVENUE EXPONEN LOS SECRETOS DE LAS FAMILIAS PRESIDENCIALES 

Si las paredes de la Casa Blanca pudieran hablar, ¡qué no contarían! Pero conocedores de lo que pasa cada día en la residencia presidencia en el #1.600 de Pensilvania Avenue de Washington DC, son también los mayordomos, ujieres, cocineros, limpiadores y floristas (por citar algunos) que cada día acompañan a la primera familia de los Estados Unidos. 

Aunque siguiendo la ley del silencio, los trabajadores de la Casa Blanca han ido manteniendo generación tras generación el código de honor que, entre otros episodios, permitió por ejemplo mantener en lo privado la parálisis de Franklin D. Roosevelt, al introducir a los invitados a una cena cuando el presidente ya estaba sentado y su silla de ruedas fuera de la vista de todos.

En el libro de reciente publicación “La residencia”, Kate Andersen Brower, periodista de Bloomberg News que cubrió la Casa Blanca de Barack Obama durante cuatro años, ha recogido los testimonios de más de 30 trabajadores de la residencia oficial que a lo largo de los años han trabajado en ella hace mucho tiempo.

Ninguno de ellos está en activo, razón quizá por la cual todos se han confiado secretos a Brower. Todos sacrificaron sus vidas personales para servir al presidente de turno y su familia. A pesar de su entrega y duro trabajo, el personal de la residencia siempre queda fuera de la foto. 

En la actualidad 95 personas trabajan a tiempo completo y 250 a tiempo parcial.

A los Kennedy se los adoraba.

Capítulo tras capítulo en “La residencia” se cuenta que el matrimonio presidencial favorito de los trabajadores de la Casa Blanca fue el que formaban el presidente Bush padre y su esposa Barbara. ¿El que menos? Uno que podría volver a ocupar sus muros tras las elecciones de 2016 pero con los papeles invertidos: el de los Clinton.

Bill y Hillary Clinton rozaban la paranoia y no confiaban en los empleados. La pareja ordenó rehacer el servicio telefónico de la Casa Blanca para evitar intermediarios y operadores. Brower apunta a que quizá la razón por la que tanto el servicio como los Bush se sentían cómodos era porque estos —a diferencia de los Clinton— habían vivido siempre con empleados en sus hogares.

El escándalo de Monica Lewinsky desde luego no ayudó a que en la Casa Blanca reinara la paz. Quizá uno de los relatos más jugosos del libro es el que cuenta que Hillary pegó tan fuerte con un libro a Bill que la cama se llenó de sangre y el presidente necesitó puntos de sutura. 

Aquellos días tuvieron también un impacto en el servicio, que soportaba los arranques de mal genio de la primera dama y las palabras vulgares que se pronunciaba el matrimonio o los prolongados silencios a los que se condenaba la pareja. Hillary calmaba su ansiedad y tristeza ordenando al pastelero de la residencia que le preparara bizcocho de moca. 

Lyndon B. Johnson quería en la Casa Blanca una ducha exactamente igual a la que tenía en su casa de Washington, que básicamente consistía en un chorro de agua muy fuerte pero con dos derivadas, una manguera que apuntara a la altura de su pene —que él apodaba Jumbo— y otra a su trasero. El agua debía de adquirir una temperatura muy caliente.

Cuando Richard Nixon ocupó la Casa Blanca. miró perplejo el invento y ordenó: “Desháganse inmediatamente de eso”.

Bush hijo se comportaba como un niño malcriado: jugando con el servicio, descolocando las fotografías y haciendo que cazaba moscas con matamoscas invisibles cuando pasaba al lado del staff.

La llegada de los Obama a la Casa Blanca marcó un hito, no en vano a lo largo de su historia la mayoría de los empleados han sido negros. En 2009, tras el baile de inauguración y cuando Michelle y Barack Obama se disponían a pasar su primera noche en la Casa Blanca, cuando el presidente declaró: “Lo tengo, lo tengo, ya sé cómo funciona”. El mandatario se refería al equipo de música y comenzaron a tocar a Mary J. Blinge” (cantante negra de hip hop y soul). Los Obama vestían ya ropa de estar en casa y comenzaron a bailar al ritmo de Real Love.

El personal de la Casa Blanca mantiene un bajo perfil, entre otras cosas porque es consciente de que cualquier indiscreción puede costarles el puesto. ?

 

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Michel Leidermann
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par Michel Leidermann
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