EL MITO DEL SUEÑO AMERICANO
Por Michel Leidermann

El término “sueño americano” originó en 1931 y se entiende como: “No es un sueño simplemente de automóviles y salarios altos, sino un sueño de orden social al que hombres y mujeres pueden aspirar sin importar las circunstancias fortuitas de su nacimiento o posición”. 

El igualitarismo estadounidense no habla de igualdad de resultados, sino de oportunidades. La Declaración de Independencia, de 1776, no garantiza el derecho a la felicidad, sino a buscar la felicidad: el resultado depende del talento de cada uno. 

Junto a la tradición optimista, la del sueño americano, existe una realidad sombría, su revés: la pesadilla americana. Es el miedo permanente de caer al abismo: las teorías conspirativas, el país acechado por amenazas internas y externas. 

Pero también es el malestar con el poder político o “establishment” de los políticos tradicionales que hablan mucho, prometen todo y cumplen poco o nada. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 cierran una etapa. Las guerras de Irak y Afganistán cuestan dinero y sangre y, como Vietnam 30 años antes, terminan sin victoria. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria, la caída de Wall Street y la Gran Recesión del 2008, agravan el pesimismo. El malestar se dispara por la polarización política, la desconfianza respecto a las instituciones y el establishment que encarnan los Clinton o los Bush y hasta con Obama, el presidente que quiere cerrar las divisiones y unir a blancos y negros, jóvenes y mayores, demócratas y republicanos.

En los años de Obama el descontento ha tenido múltiples expresiones: desde el movimiento populista de derecha Tea Party hasta el movimiento progresista Occupy Wall Street, los indignados estadounidenses, o el más reciente Black Lives Matter (las vidas negras importan), grupo que clama contra los abusos policiales y judiciales a la minoría afroamericana. 

Pero nadie está tan descontento, nadie está tan indignado como el americano de clase media, de raza blanca y de origen europeo, personas molestas porque les piden que oprima “1 para inglés o 2 para español” y que mueren más por suicidios, drogas, o alcoholismo, y que piensan afrontan el riesgo de su extinción como etnia dominante.

Con la indignación se mezcla la nostalgia por la prosperidad y el patriotismo sin complejos, como líder mundial y país progresista que posibilita el sueño americano para todos.

En EE UU sobrevive el racismo, hasta en 2016, al final del mandato de Obama, el primer presidente negro cuya victoria en 2008 debía cerrar las heridas de más de dos siglos de esclavismo, segregación y discriminación. 

Pero también es una división generacional. De un lado, la generación baby boomers, los hijos de la explosión demográfica de la posguerra que empiezan a jubilarse, una generación predominantemente blanca. Del otro, las generaciones más jóvenes, más diversas y mestizas y que si se suman latinos, negros y asiáticos, casi son más de la mitad. Pero también los jóvenes blancos son más tolerantes y aceptan mejor los cambios que los blancos mayores. Vemos un aumento de matrimonios interraciales, sobre todo entre jóvenes blancos e latinos, blancos y asiáticos, blancos y negro como no se había visto  antes.

La batalla generacional puede entenderse como una batalla por los recursos entre los mayores (blancos) y los jóvenes (multiculturales). ¿Hay que gastar más en infraestructuras y educación? ¿O en pensiones y salud para los mayores? 

Si este año electoral es de verdad el del descontento, es posible que un candidato contrario al establishment y al momento político actual, sea el próximo presidente. ¿Qué pasará entonces con el sueño americano??

 

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