LA LANGOSTA PASÓ DE SER COMIDA PARA POBRES A CENA DE RICOS
EL CAMBIO HIZO QUE LA LANGOSTA LLEGARA HASTA McDONALD’S
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Decir que uno va a comer langosta o que es una de tus comidas preferidas denota lujo y elegancia. Y es que, además de ser delicioso, los precios de este crustáceo lo han mantenido por mucho tiempo como un privilegio reservado para los más ricos o para los que de vez en cuando se pueden permitir este manjar en una ocasión especial.

Pero no siempre fue así para la que se ha llamado “la cucaracha del océano”. Su caso es considerado como uno de los más extraordinarios cambios de imagen en la historia de los productos: la langosta pasó de ser la comida de los más pobres a la de los más ricos.

El pasado del crustáceo vuelve a estar presente ahora gracias a una bonanza de langosta en EE.UU.. Por ello, desde hace un tiempo, está apareciendo en menús de restaurantes que antes no se habrían aventurado a ofrecer un animal de tal alcurnia. El cambio que hizo que la langosta llegara hasta McDonald’s, aunque sólo por tiempo limitado.

Como es de esperar, los precios están directamente vinculados a la regla básica de oferta y demanda. Y, en el caso de la langosta en EE.UU. –a diferencia del maíz, trigo y la carne– su valor puede subir sin límite, pues no está sujeta a precios impuestos por el gobierno.

El cambió debido al cambio climático, ha llevado a que se reproduzcan más rápido por el alza de la temperatura del mar, y también porque se ha arrasado  con la población de bacalao, que son su depredador natural.

Los escritos de los primeros colonos europeos que llegaron Norteamérica cuentan que las langostas eran tan abundantes en las costas atlánticas de Canadá y Nueva Inglaterra que se llegaban a acumular en las playas de la colonia Massachusetts Bay en montones que alcanzaban la altura de las rodillas.

Por ser tantas, eran indeseables: más bien un estorbo para los pescadores que lo que querían atrapar era peces.

Los nativos americanos las usaban para fertilizar los campos y como señuelo.

Los colonos se las daban a sus cerdos, vacas y gatos.

Las consideraban como “comida de pobres”: las tomaban de las pozas de marea y las aprovechaban para alimentar a los niños, a los presos y a la servidumbre por endeudamiento.

De hecho, el prestigio del crustáceo era tan bajo que eventualmente algunos de los sirvientes en Massachusetts se rebelaron y lograron consignar en sus contratos que no los forzarían a comer langosta más de tres veces por semana.

La suerte de la langosta cambió a finales del siglo XIX, gracias a la primera fábrica de establecida en Maine en 1841, y al ferrocarril.

Aunque al principio fue difícil convencer a las tiendas que compraran alimentos enlatados, eventualmente quienes vivían en el centro del país tuvieron al alcance langosta barata.

Pero su estatus de miembro de la realeza, con salsa de mantequilla y hierbas, servida en bandejas de porcelana y plata se lo dieron los turistas.

Los encargados de los ferrocarriles descubrieron que si presentaban a la langosta como una exquisitez, a los pasajeros que no conocían su reputación les parecía deliciosa.

Cuando esos visitantes regresaban a sus hogares, seguían antojados de langosta. La llegada de la refrigeración permitió enviarlas vivas hasta lugares tan lejanos como Inglaterra, donde se vendían por diez veces el precio original.

Los precios de este exitoso crustáceo alcanzaron su primer punto máximo en los años 20, pero para los años 50 ya había logrado cementar su reputación como manjar de los reyes, de los opulentos y de las estrellas de Hollywood.?

 

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