LA VERDADERA HISTORIA DE LA VIRGEN DE GUADALUPE
EL FERVOR DE LOS MEXICANOS POR SUS MILAGROS SE REGISTRAN DESDE 1531 
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Conocida también como Patrona de México y Emperatriz de las Américas, llamada así por el Papa Juan Pablo II, la Virgen de Guadalupe es, sin temor a equivocarnos, el ícono más importante del catolicismo en México y en gran parte de América Latina y España.

La Virgen de Guadalupe fue clave para que el catolicismo tuviera una buena acogida en la naciente Nueva España. De hecho, se ha discutido mucho la probabilidad de que los rasgos indígenas de la imagen la identificaran con la diosa de la muerte Tonantzin (nuestra madre en náhuatl) a quien los mexicas veneraban precisamente en el Cerro del Tepeyac; su aceptación fue tan grande que se cuenta que sólo 7 años después de las apariciones al indio Juan Diego, aproximadamente 8 millones de indígenas ya se habían convertido al catolicismo.

Es en el Nican Mopohua, libro escrito en 1556 por Antonio Valeriano, donde se narra la historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego. En el Nicán Mopohua, se dice que la Virgen de Guadalupe se apareció en 4 ocasiones al indio Juan Diego y le habló en Náhuatl, su lengua; la última aparición ocurrió el martes 12 de diciembre de 1531.

Poco después de la conquista de México, en manos de Hernán Cortés, vino un periodo conocido como la Conquista espiritual. Durante esta etapa, ocurrida durante los primeros años de la Colonia, aparecieron las primeras familias indígenas cristianas en los alrededores de la antigua Tenochtitlan. Juan Diego pertenecía a una de estas familias y nació en Cuautitlán, aldea ubicada al norte de la Villa de Guadalupe, en 1474.

Su nombre nativo era Cuauhtlatóhuac, “el que habla como águila”. Su oficio era la manufactura de petates que vendía en Tlatelolco

Según la leyenda, a los 53 años tuvo la aparición milagrosa que daría inicio a la adoración de la Virgen de Guadalupe en México. La historia fue así: Juan Diego vivía con su mujer y su tío Juan Bernardino en Tulpetac, lugar donde no había iglesias por lo cual tenían que ir a misa hasta Santa Cruz de Tlatelolco.

El sábado 9 de diciembre de 1531, Juan Diego se encaminaba hacia ahí y al pasar por el cerro del Tepeyac oyó un canto que no era de esta tierra. Se detuvo a gozar de él y cuando miró arriba vio un sol resplandeciente y en medio a una señora en actitud de oración (1a aparición), él fue a saludarla y ella le dijo que era su deseo que le labrase un templo en ese llano y le encomendó también que le comunicara ese deseo al señor obispo.

El obispo no lo tomó en serio y le pidió que volviese otra vez al lugar a ver si sus ojos no lo habían traicionado. Regresó desconsolado Juan Diego y la Santísima Virgen se le apareció otra vez (2da aparición) para decirle que volviera el domingo a ver al señor obispo. Así lo hizo Juan Diego, pero el obispo le pidió una señal comprobatoria de la voluntad de la Virgen. La señora se le apareció de nuevo (3ra aparición) y le pidió que volviera al día siguiente.

El lunes, día de la cita, se enfermó de cuidado el tío Juan Bernardino y hasta el martes pudo salir Juan Diego que se dirigió a la ciudad a buscar a un sacerdote para que le administrara los últimos sacramentos. Iba por ahí, ese día 12 de diciembre, cuando al pasar de nuevo por el Tepeyac se le volvió a aparecer la Virgen (4ta aparición) y le preguntó qué le pasaba. Él le contó lo de la enfermedad de su tío y ella le dijo que no se preocupara porque su tío ya estaba sano, después le pidió que subiera al cerro a recoger unas flores.

Fue Juan Diego y en efecto encontró muy bellas rosas de las que no era temporada y que nunca se habían dado allí. Ya con ellas en su ayate, la Santísima Virgen dijo que las llevara donde el señor obispo pero que no desplegase su ayate ni lo mostrara a nadie más. Así lo hizo Juan Diego.

Después de conseguir entrar en el obispado, le dijo a Zumárraga, el obispo, que ahí le llevaba la prueba que le había pedido. En ese momento soltó su ayate y apareció en él pintada “como por los ángeles”, la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Fray Juan de Zumárraga tomó el manto, lo llevo a la Iglesia Mayor y erigió en el lugar de las apariciones el templo en honor la Virgen de Guadalupe, templo que aún hoy en día es visitado por millones de fieles cada 12 de diciembre.

Una costumbre recurrente del catolicismo en América fue la de edificar templos propios sobre lugares de culto indígena. El Tepeyac no es excepción, pues allí existía el santuario de una divinidad de la tierra y la fertilidad llamada tanto Coatlicue, “señora de la falda de serpientes”, como Tonantzin, “nuestra adorable madrecita”, con lo cual se aprecia una relación que, al menos, merece la pena pensarse.

Tras el milagro de la cuarta aparición de la Virgen el 12 de diciembre de 1531, el hecho se celebra desde entonces con gran devoción. La primera noticia que tenemos de un festejo oficial es de 1667, cuando por bula del Papa Clemente IX se instituye el 12 de diciembre como Día de fiesta en honor de la Virgen de Guadalupe. Para 1824, el Congreso de la Nación declara el 12 de diciembre como Fiesta Nacional. En 1988, la celebración litúrgica de la Virgen fue elevada al rango de Fiesta también en todas la diócesis de los Estados Unidos de América. Actualmente se han multiplicado las expresiones de amor guadalupano: los peregrinos que celebran a la Virgen en La Villa suman millones.

Año con año, los festejos se inician en la víspera del 12 de diciembre, con la interpretación de “Las Mañanitas” que hacen homenaje a la Virgen Morena. 

Diariamente la Virgen de Guadalupe recibe en su templo creyentes y no creyentes de los cinco continentes, pero la semana del 12 de diciembre es la más concurrida. Hay peregrinos que duran días enteros caminando desde diferentes puntos de México. Las familias mexicanas que viven en los alrededores les preparan comida, bebidas y se las entregan al pasar. Muchos al ver la Basílica entran en llanto, otros cubren el tramo final del camino de rodillas. Los milagros de la guadalupana no excluyen, por eso es fácil advertir todas las edades, razas y regiones del mundo en la peregrinación.

Según diversos investigadores, el culto guadalupano es una de las creencias más históricamente arraigadas en el actual México y parte de su identidad, y ha estado presente en el desarrollo como país desde el siglo XVI incluso en sus procesos sociales más importantes como la Independencia de México, la de Reforma, la Revolución mexicana5 y en la sociedad mexicana actual, en donde cuenta con millones de fieles, algunos de ellos profesantes como guadalupanos sin ser necesariamente parte del catolicismo.

Pio X la proclamó como “Patrona de toda la América Latina”, Pio XI de todas las “Américas”, Pio XII la llamó “Emperatriz de las Américas” y Juan XXIII “La Misionera Celeste del Nuevo Mundo” y “la Madre de las Américas”. 

 

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Michel Leidermann
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par Michel Leidermann
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