GOLF VERSUS PROTESTAS​
Por Michel Leidermann

En las marchas estudiantiles el sábado 24 de marzo, llamó particularmente la atención una pancarta demostrando la falta de empatía del presidente: “¡Nuestros hijos están muriendo y Trump está jugando al golf!”.

Trump debería haber estado en Washington, no en Mar-a-Lago, su club privado en la Florida, mientras estudiantes protestaban contra la violencia armada y recordaban a las víctimas de las masacres.

La Casa Blanca emitió una declaración: “Aplaudimos a los jóvenes estadounidenses valientes que ejercen sus derechos de la 1ª Enmienda. Mantener a nuestros niños a salvo es una máxima prioridad del presidente”.

Pero si mantener la seguridad de los estudiantes era realmente la “máxima prioridad” de Trump, ¿por qué jugaba al golf en lugar de asistir? No es que Trump no haya tenido muchas oportunidades de jugar al golf hasta ahora durante su presidencia: ha pasado más de 100 días jugando golf desde que asumió el cargo.

La verdad es que Trump habría sido abucheado por muchos, pero sin duda habría sido aplaudido por muchos otros. Incluso podría haber ganado algún respeto si dejaba en claro que estaba comprometido a promulgar leyes que salvarían vidas de estudiantes.

Peor aún, la caravana que lo llevó a su club de golf, tomó una ruta diferente para que no viera a los manifestantes de la Marcha por Nuestras Vidas que desfilaban en las cercanías 

¿Por qué Trump al menos no tuiteó para apoyarlos el sábado? Trump tuitea a diario sobre los temas con los que quiere llamar la atención de sus seguidores. 

Pero no ha tuiteado una sola vez sobre los jóvenes y sus aliados adultos, que salieron a las calles en cientos de marchas para exigir acciones contra la violencia armada.

Y llegado el día de elecciones de 2018 y cuando Trump se presente a la reelección en 2020, muchos de estos jóvenes pondrán en acción las palabras de numerosas voces en los mítines:  Si puedes protestar ¡PROTESTA!; si puedes marchar ¡MARCHA!; si puedes votar ¡VOTA!.

 

OPIOIDES A DOQUIER

Los estadounidenses consumen medicinas con opioides a un ritmo mayor que cualquier otra población en el mundo. Los dos países más similares en su prevalencia de dolor crónico, son Italia y Francia. Pero ahí es donde terminan los paralelismos entre las tres naciones.

Los datos de las Naciones Unidas para 2012-2014 mostraron que a pesar de sufrir dolor crónico a un ritmo similar al de los italianos y los franceses, los estadounidenses consumen de seis a ocho veces más analgésicos opiáceos.

Se podría argumentar que Francia e Italia simplemente tienen sistemas de salud deficientes que no brindan a los pacientes la atención que necesitan. Pero la esperanza de vida hasta 65 años, un indicador clave de la efectividad del sistema de atención de la salud, es más alta en Francia e Italia, que en los EE.UU..

La razón por la que los estadounidenses consumen tantos opioides no es porque sufran más dolor que las personas en otros países. Una explicación es que los EEUU regulan a los fabricantes y a los distribuidores de opioides de forma mucho menos rigurosa que Italia, Francia y prácticamente todos los demás países desarrollados.

EE.UU. legisla para que los fabricantes comercialicen opiáceos de forma agresiva y donen generosamente a causas y campañas políticas y agencias reguladoras. Son esas características políticas y no el dolor físico excepcional, lo que provocó la peor epidemia de opiáceos recetados en la historia estadounidense. 

 

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Michel Leidermann
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