TRUMP Y UN PAÍS MÁS BLANCO
Por Michel Leidermann

Trump está tratando de hacer que EE.UU. vuelva a ser blanco y los demócratas tienen demasiado miedo de denunciarlo tal cual. El ritmo agresivo de deportaciones de inmigrantes, la eliminación del programa DACA y las propuestas antiinmigrantes contra ciertos grupos, tendrán el innegable efecto de retardar la rápida diversificación racial de la población.

Las preferencias problancas de Trump y de sus seguidores, cuando se trata de inmigración, son innumerables. Desde el día que lanzó su campaña en 2015 satanizando a los mexicanos, hasta la promesa de construir un muro en la frontera y pasando por el agresivo ritmo de deportaciones hasta revocar DACA e injuriar vulgarmente a las naciones africanas y a Haití, Trump ha sido claro sobre su predilección por las personas blancas.

No debería sorprender, entonces, que sus políticas de inmigración tengan el efecto de reducir el número de personas no blancas que ingresan al país. 

El enfoque de Trump no es accidental. Desde la aprobación de la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1952 y sus enmiendas en 1965, la composición de la población de EE.UU. ha experimentado una transformación fundamental. En 1965, la gente de color representaba el 12% de la población. En las últimas décadas, ese porcentaje ha aumentado en más del triple, hasta el punto en que las personas no blancas son casi solo el 39% del total. 

A pesar de lo desequilibrado que es para muchos la defensa abierta de las políticas que favorecen a los blancos, la verdad es que estas políticas han estado entre las más duraderas y mejor defendidas en EE.UU.. 

La primera legislación aprobada sobre la inmigración, la Ley de Naturalización de 1790, declaró que para convertirse en ciudadano había que ser una “persona blanca libre”. Esa fue la ley establecida del país durante los siguientes 162 años, hasta 1952.

Incluso después de 1952, la política de inmigración continuó promoviendo a los blancos por encima de otras etnias, por medio de mecanismos como el Triángulo de Asia y el Pacífico, que estableció un sistema de cuotas para restringir la inmigración desde los países asiáticos.

Probablemente, a la mayoría de las personas les gustaría creer que las políticas de supremacía blanca han terminado, pero gracias a la indecisión de los líderes progresistas y demócratas, no lo parecería. Cuando los demócratas pudieron exigir una votación sobre la protección para los Dreamers, renunciaron a ella porque temían las consecuencias electorales de ser percibidos como los defensores de los inmigrantes. 

Las conjeturas de los demócratas son erróneas. En primer lugar, subestiman la capacidad de los blancos para superar el racismo y defender la justicia y la igualdad. La campaña electoral de Trump apeló a la intranquilidad racial y al descontento de los blancos.

En segundo lugar, los demócratas pasan por alto el potencial político y el poder del creciente número de electores no blancos. 

Sin embargo, los intentos de Trump de hacer que EE.UU. sea más blanco están condenados al fracaso porque la revolución demográfica ya es irreversible. La fuerza impulsora de la diversidad ya no es la inmigración, sino las tasas de natalidad y mortalidad. La mayoría de los bebés que nacen son de color y la mayoría de las personas que mueren son blancas de modo que, si toda la inmigración termina mañana, el país está inexorablemente en el camino hacia una nueva realidad multirracial. 

 

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