El Papa y los abusos sexuales
En el curso de la visita que acaba de efectuar a EUA, el Papa Benedicto XVI se refirió con claridad y franqueza a los escándalos sexuales protagonizados en los últimos años en distintas partes del mundo por sacerdotes católicos, pero especialmente en este país. El Sumo Pontífice dió una prueba de su compromiso con la verdad al decidir que la primera prioridad en su agenda de viaje, fuera ese tema extremadamente doloroso, que tanto ha conmovido en los últimos tiempos a la sociedad norteamericana y a la católica en especial.
Cuando aún el avión que lo trasladaba desde Roma no había aterrizado, ya el Papa puso sobre el tapete, sin reticencias ni confusiones de ninguna clase, el grave asunto de los abusos sexuales cometidos por miembros de su Iglesia.
Tras afirmar que se siente "profundamente avergonzado" por esos hechos, aseguró que el conocimiento de que maestros o ministros religiosos han sido capaces de traicionar su misión, corrompiendo a jóvenes y niños, le causa un gravísimo "dolor personal". Y afirmó que hará todo lo posible para que perversiones de esa naturaleza no vuelvan a ocurrir en el futuro.
Desde 2002 se han denunciado en EUA, unos 5,000 casos de niños afectados por abusos sexuales en el contexto de actividades vinculadas con la educación o formación religiosa, en escuelas, iglesias y seminarios.
El tema ha derivado en controversias y conflictos de complejo trámite y ha producido cientos de demandas judiciales que en algunos casos han dado motivo a sentencias por indemnizaciones superiores a los $200 millones.
Pero nunca hasta ahora el problema había siso asumido por el Papa como un "mea culpa" personal, y nunca la cuestión había sido planteada en el más alto nivel de la jerarquía eclesiástica con tanta carga de sinceridad y con tanta voluntad de pedir perdón ante la sociedad internacional.
Es interesante considerar la actitud de Benedicto XVI que ha preferido salir a enfrentar los hechos con un claro y vigoroso reconocimiento de culpas, antes que optar por poner en duda la veracidad o la gravedad de las denuncias, como lo habían hecho voceros o dignatarios eclesiásticos en otras oportunidades.
Los juicios han dejado claro que la iglesia protegía y ocultaba a los pedófilos, simplemente trasladándolos a otra destinación y no haciendo nada por remediar la situación.
Así como su predecesor Juan Pablo II formuló en su momento un histórico pedido de perdón ante toda la humanidad por los errores y hasta por los crímenes políticos y sociales que el cristianismo pudiera haber cometido o alentado a lo largo de la historia, Benedicto XVI no titubeó en reconocerse "avergonzado" por estos hechos específicos que se han denunciado en el mundo en materia de corrupción sexual, mostrando así a una nueva Iglesia que asume los crímenes o los errores de la humanidad y los carga sobre sus hombros, como lo enseña la tradición cristiana.
Sea cual fuere la interpretación que se prefiera, corresponde exigir que los abusos sexuales en perjuicio de menores sean enjuiciados y combatidos en todo el mundo, sin tregua y con la máxima severidad, cualquiera sea el marco cultural, social, laboral o religioso en el que se registren.
A ello deben dedicarse con redoblada energía los funcionarios policiales, judiciales y sociales que la ley determina en cada caso y, por supuesto, los responsables familiares, morales y religiosos que tienen la carga irrenunciable de protegerlos y de velar por su salud espiritual y física
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