¿Qué vamos a celebrar en el Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana?
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Nada que festejar ante los actuales movimientos armados, por más que los gobiernos quieran festejar. 

La mayor parte de los mexicanos seguimos padeciendo hambre e injusticias. Persiste la pobreza ante la indeferencia de quienes están en la cumbre. En lugar de que el gobierno gaste millones de pesos en estas celebraciones, ese dinero debería de utilizarse para construir escuelas, como preparatorias, para que los ocho millones de mexicanos que ni estudian ni trabajan, tengan acceso a la educación y después que tengan la oportunidad de un buen trabajo. De otra manera serían empleados seguros de los narcotraficantes. El decaído ánimo social navega en el ambiente de adversidad, resultado de la situación económica, la inseguridad y, sobre todo, la percepción de que Calderón no es la instancia que ofrezca esperanzas. Ya le perdimos el respeto a este ilegítimo y nefasto presidente. El país está ya sumido en una guerra civil. Ya van 28 mil muertos. 

Además queda evidenciado: que a lo largo y ancho del país existen muchos pueblos principalmente por el sureste de México, donde la  gran mayoría de la gente vive en la miseria y la pobreza, marginados y explotados. 

La  realidad que vivimos los mexicanos, donde el abuso del poder está a la orden del día y es un problema criminológico actual. 

¿Qué vamos a celebrar en el Bicentenario de la Independencia de México? Dijimos que nada. Estamos igual que antes, o peor. Las culturas mexicanas antes de la llegada de los españoles estaban en pleno desarrollo, en pleno crecimiento; civilizaciones muy avanzadas para su tiempo. Los aztecas –que eran eminentemente y dominadores, motivo por el cual algunos pueblos, como los tlaxcaltecas, se unieron a los españoles para derrocarlos– eran especialistas en medicina herbolaria. Y fueron los creadores del Calendario Azteca, que es una maravilla, como también lo era el Templo Mayor, destruido por los bárbaros españoles. Y muchas reliquias más. Los mayas fueron grandes astrónomos. Medían el tiempo casi a la perfección, y aún hay vestigios, ruinas, de sus observatorios. La pirámide de Chichén Itzá. Los cenotes. Los juegos de pelota. Las cabezas gigantes de los olmecas. La zona arqueológica de Monte Albán, en Oaxaca, y Bonampak, en Chiapas. Las pirámides del sol y la luna, en Teotihuacan, lugar de los dioses. En Cholula, Puebla, sobre las pirámides estaba un templo dedicado a Quetzalcoatl; cuando llegan los españoles lo destruyen, y en su lugar construyen una capilla dedicada a Nuestra Señora de los Remedios. Destruyeron ídolos sagrados, arrasaron con todo lo que encontraron a su paso. 

Entre las muchas diferencias que distinguen a los civilizados de los salvajes, una de las más singulares es, sin duda, la idea que se forman los unos de los otros. Apenas los españoles lograron entrar a Tenochtitlán, el corazón del imperio azteca, vieron en los indios a unos seres en poder del diablo, y no de un diablo indeterminado, sino precisamente el diablo de los españoles. Creyeron haberlo dejado atrás, en Europa. Pero no, ese temible y familiar demonio se les aparecía en la tierra virginal del nuevo mundo. Así pues, los ídolos de los indígenas representaban al diablo; sus sacerdotes rendían culto al diablo; sus canciones, sus danzas, estaban consagradas al diablo; y sus bienes se destinaban al servicio del diablo. Una sociedad y unos hombres de tal modo subordinados a las potencias infernales, debían ser aniquilados y conquistados. No merecían vivir en libertad ni disfrutar de ninguna pertenencia. Se les castigaría reduciéndolos a la esclavitud y al despojo, y todavía debían dar gracias a sus conquistadores por haberlos salvado de las tinieblas y permitirles conocer el mundo de la luz y de la verdad que era el mundo propio de los españoles. 

¡Qué poca madre! Los nativos creyeron al principio que los españoles eran dioses, no debido a que se les presentaran en forma de dioses, sino porque hacía muchos siglos ellos consideraban a sus señores como personajes divinos. El príncipe, el tecatecutli, se diferenciaba del resto de la población en que descendía en línea directa de Quetzalcoatl. Era un ser distinto a los demás. Como por añadidura, Quetzalcoatl, el fundador de los linajes indios, había desaparecido en una época remota, prometiendo regresar y asumir nuevamente el mando supremo. Moctezuma, conocedor de su historia mítica, entendió que las profecías se habían cumplido con la llegada de Cortés, y por ende no ofreció resistencia en cederle un mando que él pensaba usufructuar temporalmente durante la ausencia de Quetzalcoatl. La matanza de sus nobles desarmados, llevada a cabo por Pedro de Alvarado, los determinó a defenderse de los españoles, aunque no a despojarlos todavía de su naturaleza divina. Les fue necesario sufrir los horrores del sitio y sacrificar a varios españoles para arrancarles su máscara y comprobar que estaban hechos de la misma materia que el último de sus macehuales (hombre común, persona de la clase baja, vasallo, etc.) 

 

ELÍAS RAMOS DÍAZ: Profesor y Licenciado en Derecho (Abogado).

Nació el 22 de marzo de l942, en el pueblo de San Matías Atzala, Teotlalatzingo, Puebla. De cuna muy humilde, vivió en extrema pobreza. Anduvo descalzo hasta los 12 años de edad.

Se inició como profesor de primaria en la sierra norte de Puebla. Después llegó al centro de Puebla y se inscribió en la Normal Superior, en la especialidad de Lengua Y Literatura Españolas, misma que terminó en l969.

Empieza a estudiar la carrera de Licenciado en Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. Se titula en l996, cuando contaba con 54 años.

Elías Ramos Díaz es hombre de ideas de izquierda, pero él considera que en estos momentos la izquierda en México está “putrefacta, aliándose con la derecha. El único que se salva de la quema es el ‘Peje Lagarto’ Andrés Manuel López Obrador”, al que dice admirar mucho.

Actualmente funge como profesor pensionado, pero sigue litigando asuntos legales como Licenciado en Derecho.

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Michel Leidermann
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par Michel Leidermann
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