Antiguos oficios se extinguen en Ciudad de México
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Organillero

La modernidad, el cambio de hábitos y la tecnología amenazan la supervivencia de algunos oficios que datan de la época colonial y que formaban parte de la estampa costumbrista mexicana como el de organillero, merolíco (curandero) o vendedor ambulante de dulces tradicionales como los camoteros y merengueros.

La caótica y estresante Ciudad de México ya no tiene espacio para ellos ni para afiladores, carboneros, lecheros, o veladores (serenos), aunque unos pocos luchan aún por mantener la tradición contra la indiferencia y la poca demanda de los 19 millones de habitantes de la capital y su área metropolitana.

La gente de más edad, que disfrutó de sus peculiares sonidos, sabores y servicios, ve con nostalgia la paulatina desaparición de estos personajes urbanos, que todavía ejercen -con dificultad- en algunos barrios populares, mercados o plazuelas.

Algunos organilleros aún se encuentran afuera de los mercados, cantinas, restaurantes de la capital y alrededores, en busca del mexicano o turista y conscientes de que su complicada situación, pues dependen de la generosidad ajena y de que sus pesados cilindros musicales en discontinuo sigan funcionando.

También cada día es más inusual escuchar el particular sonido de los afiladores emitido con un silbato con el que anuncian su presencia. 

Una de las tradiciones gastronómicas del mestizaje que aún sobrevive -con aprietos y sólo en zonas populares- es la del camotero, vendedor ambulante de plátanos machos (bananas) y camotes -tubérculo cuyo cultivo estaba extendido por todo el continente antes de la conquista-, que son guisados y transportados en un horno de leña ambulante que va sobre tres ruedas.

El camotero recorre varios kilómetros emitiendo un inconfundible silbido producido a través del escape de vapor de agua a presión que sirve para avisar a los vecinos de su presencia.

Otros oficios ya abandonados en aras de la modernidad son el de carbonero, quien vende carbón vegetal que es muy utilizado hace décadas para cocinar con estufas artesanales o braseros metálicos; los avances médicos han desplazado a los boticarios ambulantes y sus ungüentos y a los llamados hueseros, capaces de aliviar males óseos y musculares en plena calle sin necesidad de título universitario.

A los barberos tradicionales -indispensables para un corte de pelo, una rasurada y hasta para quitar un dolor de muelas- los han suplantado los nuevos centros estéticos, ya que en la actualidad los hombres acudes a centros de estética unisex sin ser mal vistos.

Estos singulares personajes urbanos se resisten a desaparecer y confían en contar algún día con el apoyo de sus autoridades y de los ciudadanos para que no se acaben perdiendo unos oficios que forman parte ya de la historia reciente de México. 

 


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