Juchitán, la ciudad "más tolerante" de México
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Sus habitantes, los tecos, dicen que aquí crecen las flores blancas más bellas de la región del Istmo, en Oaxaca. Y cualquiera que pasee por el adornado mercado del centro, al que da la bienvenida una hilera de floristas, sabrá que tienen motivos para presumir.

También cuentan que en esta ciudad hay más "muxes" que en cualquier otra parte del país. Nacidos varones, son homosexuales que conforman un "tercer género", asumiendo roles femeninos en la cultura prehispánica zapoteca.

El responsable de este característico rasgo juchiteco sería el patrón de la localidad, San Vicente Ferrer, a quien Dios habría encargado repartir a los muxes entre todas las ciudades de la región. A su llegada a Juchitán, dice la leyenda, su bolsa se rasgó, dejando caer aquí a todos los homosexuales que viajaban en ella.

En realidad, los propios muxes estiman que su comunidad apenas llega al 2% de la población de Juchitán, que con su área conurbana alcanza los 150.000 habitantes.

Pero el cuento de San Vicente y la tolerancia histórica del pueblo a sus muxes ha convertido a Juchitán en un referente nacional de la convivencia y aceptación de la diversidad.

De hecho, las muxes son parte fundamental de la cultura zapoteca, responsables de decorar las fiestas locales —las llamadas Velas—, vestir a las mujeres con sus diseños, cuidar a las madres ancianas o iniciar en el sexo a los varones cuando sus prometidas quieren llegar vírgenes al matrimonio.

La  prenda tradicional de los muxes hace décadas, era la guayabera blanca, aunque a diferencia de los hombres, solían vestirlas ceñidas para sugerir su anatomía. Fue en los años 80 cuando un grupo de muxes decidió prescindir de ese atuendo para cambiarlo por enagua y huipil (una blusa adornada típica del vestido zapoteca)", que consideraban más acorde a su identidad: el vestido tradicional de la mujer indígena zapoteca.

Si bien muchos muxes siguen vistiendo como varones, el vuelo de las faldas y el brillo de las joyas cuando pasean por las calles ya no despiertan tantas miradas de reprobación o curiosidad como hace décadas.

De hecho, cada año se celebra la Vela de las Intrépidas, en la que los muxes se visten de princesas, capitaneadas por una Reina de la fiesta que paga la banda de música, la bebida y las botanas para todo el que quiera ver este desfile de orgullo.

Celebraciones como la de las Intrépidas son una parte fundamental de la economía de Juchitán, donde toda la población está involucrada de alguna manera u otra en la costura de trajes típicos, la creación de joyas para lucir en las galas o la venta de flores para decorar carretas.

Pero los muxes dicen que su vida no ha sido ninguna fiesta. En esta ciudad de mitos, muchos han querido ver un oasis para los homosexuales en un país donde aún persiste la homofobia. Pero la aceptación está aún lejos de ser absoluta.

Las relaciones con los hombres heterosexuales sigue siendo, por ejemplo, un tabú. Todos los varones de Juchitán dicen conocer a amigos —solteros o casados— que practican sexo con muxes, aunque al ser cuestionados, pocos admiten haberlo experimentado en primera persona.

 

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