En México renace el chicle cultivo de los Mayas
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Una sustancia lechosa, de textura plástica, es la resina que dio lugar a la goma de mascar y que proviene del árbol del chicozapote, abundante en las selvas del este de México y que se cultiva desde los tiempos de los Mayas en la península de Yucatán.

Los chicleros, que se las tienen que ver con jaguares y víboras venenosas y escalar árboles de 30 metros de altura, casi estuvieron condenados a desaparecer cuando los productores de goma de mascar estadounidenses crearon ingredientes sintéticos luego de la Segunda Guerra Mundial.

Pero al igual que los árboles de chicozapote que viven durante cientos de años, los chicleros se las arreglaron para subsistir y ahora están de regreso gracias al antojo de los asiáticos por mascar un chicle de origen natural, que se ha contagiado a los europeos.

Los chicleros han conseguido en los últimos tres años producir y vender su propia goma de mascar, marca Chizca, sabores menta, hierbabuena, limón y canela en más de 15 países, la mayor parte en Europa, además de Australia e Israel. Japón por su lado importa el chicle en bruto para producir la golosina.

El Consorcio Chiclero, que reúne a 56 cooperativas en el estado de Quintana Roo, asegura que las ventas de chicle se han incrementado 47% en un año, pasando de 1,2 millones de dólares en 2011 a 1,8 millones este año.

Según distintos historiadores, mayas y aztecas habrían mascado chicle para mantener sus dientes limpios y engañar el hambre, aunque sus técnicas de extracción de la resina podrían haber sido distintas.

La goma de mascar moderna fue creada por el científico estadounidense Thomas Adams en el siglo XIX, que lo conoció luego de que Antonio López de Santa Anna (1794-1876), el polémico presidente en cuyo gobierno México cedió sus territorios del norte a EEUU, se lo mostró como alternativa al plástico.

El chicle no dio resultado como sustituto del plástico, pero Adams lo convirtió en goma de mascar.

El Consorcio Chiclero fue creado para salvar a la industria. Actualmente son unos 2.000 chicleros trepando los árboles chicozapotes, que viven en pequeñas comunidades en Quintana Roo, cuyos habitantes tienen en la explotación del chicle y de otros recursos forestales, su principal fuente de ingresos.

Los chicleros escalan varios árboles en un día y tienen que esperar horas para que la sustancia plástica se derrame y caiga en las bolsas al pie de los árboles. Producen hasta 200 toneladas de chicle anuales.

Luego de que un árbol es rebanado, tienen que pasar siete años para que cierre la herida y estar listo para la cosecha en la época de lluvias, entre agosto y febrero.

Luego de recolectarla, se lleva la resina a un campamento en la selva para fermentarla en calderos colocados sobre fuego alimentado con madera. La sustancia hierve por cuatro horas en medio de mariposas que vuelan atraídas por las llamas y el grito de los monos a la distancia. Fuera del fuego y ya tibia, es colocada en un molde en forma de ladrillo para ser llevada a la pequeña fábrica Consorcio Chiclero.

 

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