LAS VALIENTES HISTORIAS DE LOS SOÑADORES EN ARKANSAS
Por Rafael Nuñez
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Lidia Mondragón, Michel Rancel y Humberto Márquez

Lidia Mondragón (20 años).

Nació en Tlalchapa, un pequeño poblado del estado de Guerrero, en México.

Llegó a Estados Unidos (Escondido, CA) a los 7 años

“Mi papá ya estaba yendo a Estados Unidos cada año desde 1984 antes de que yo naciera. Él envió por nosotros, y con la ayuda de una prima pasamos la frontera entre Tijuana y San Diego. Asistí a la escuela en Escondido, California por seis meses, y luego nos cambiamos al pequeño poblando de Waldron, Arkansas, donde de inmediato asistí a la primaria Waldron Elementary, en el tercer grado.

“Yo me di cuenta de que era indocumentada desde que atravesé la frontera a los 7 años de edad. Así que se podría decir que yo siempre he sabido esto”. Su hermano mayor de 25 años de edad, al igual que una hermana menor de 14 años, también son indocumentados.

Hoy en día Lidia se encuentra cursando su tercer año universitario para obtener una licenciatura en Biología, en la Universidad de Arkansas en Fort Smith.

“Yo empecé a involucrarme en el movimiento para promover la aprobación de la ley del DREAM Act cuando yo tenía 17 años, en el 2009. Yo pienso que es importante que más jóvenes deban involucrarse en esta causa, porque ya es hora de que nuestras voces sean escuchadas. Es tiempo de que nosotros contemos nuestras historias. Nadie lo va a hacer por nosotros. Yo sé que hay muchos otros jóvenes como yo tanto en Arkansas como en otros Estados de la Unión Americana que necesitan unirse a la causa e involucrarse en el movimiento para así mejorar su futuro.

“Para mí, el finalmente hablar abiertamente sobre el hecho de ser indocumentada, fue algo que me quitó un gran peso de encima, y me hizo sentir libre de tener que callar, y nunca poder revelar mi verdadero estado migratorio. Yo empecé a hablar abiertamente sobre el hecho de que yo era indocumentada a los 15 años de edad, en mi iglesia San Judas Tadeo en Waldron. La persona que me alentó a hacer esto fue Kathy O’Brien, que era una misionera a cargo de los jóvenes de dicha feligresía. Ese fue el primer gran paso, hablar abiertamente, para que yo empezara a sentir más confianza en mí misma, y esto a la vez me impulsó y me dio valor para involucrarme en el movimiento.

“Conocí a Mireya Reith (coordinadora estatal de la campaña para la aprobación del DREAM ACT, y también directora ejecutiva de Arkansas United Community Coalition) en el 2012, a través de una amiga, quien también es una estudiante ‘soñadora’ en la Universidad de Arkansas en Fort Smith. Recuerdo que un grupo de estudiantes nos reunimos con Mireya y ella empezó a explicarnos los detalles de un programa llamado ‘Agentes de Cambio’. Unos meses después, tuvimos nuestra primera reunión organizativa, ya como ‘Agentes de Cambio’, en la iglesia de la Concepción Inmaculada allí mismo en Fort Smith.

“Yo no estoy involucrada en este movimiento y esta causa sólo por mí. Lo estoy haciendo también por mi hermana menor para que cuando ella quiera ir a la universidad, las cosas no sean tan difíciles como lo han sido para mí, ya que en la actualidad tengo que pagar la inscripción y las cuotas universitarias a precio muy caro, como si fuera una estudiante extranjera o no-residente de Arkansas. Eso no va a cambiar sino hasta que se apruebe el DREAM act”.

 

Michel Rancel (19 años).

Nació en Irapuato, Guanajuato

Llegó a Estados Unidos como una bebé de año y medio.

Michel primero llegó a Compton, California, y luego a los 6 meses, cuando tenía 2 años, la familia se mudó a Fort Smith, Arkansas. Ahora tiene dos hermanas y un hermano, nacidos en Estados Unidos, y por lo tanto ciudadanos estadounidenses.

MIchel ha hecho toda su escuela en Arkansas.

“Creo que me di cuenta por primera vez de que era indocumentada cuando tenía alrededor de 12 años. Cuando estaba en el séptimo grado, recibí una carta que me invitaba a formar parte de un programa de intercambio de estudiantes. Yo iría a estudiar, por 6 meses o un año a otro país, y estudiantes de allá vendrían a estudiar a mi escuela aquí en Arkansas.

“Le dije a mi papá que me gustaría participar en ese programa de intercambio y él me dijo que no. Me explicó que yo no tenía un número de seguro social, ni un pasaporte, y que por eso no podía viajar a ningún otro país. Cuando yo pregunté porque no tenía yo esos documentos, mi papá me dijo, con mucho pesar, y con voz quebrada, que yo no tenía papeles. En ese tiempo, a los 12 años de edad, recuerdo que esto no me afectó emocionalmente, ya que lo único que pensé es que no podía viajar a otro país, pero hasta ahí nada más. Yo jugué futbol soccer con el equipo de la prepa (Northside High School, en Fort Smith), y era la capitana del equipo, y me eligieron como una de las mejores jugadoras de soccer en todo el estado de Arkansas, y por lo tanto, varias universidades me ofrecieron becas atléticas. Incluso visité varios campuses como el de Central Baptist College, en Little Rock, y el de la University of Central Arkansas en Conway, y la University of the Ozarks, en Clarksville. Pero rápidamente me di cuenta de que en cada ocasión que visitaba un campus universitario, después de mostrarnos todos los departamentos, las aulas, las canchas de futbol, y los dormitorios, pues nos llevaban a una oficina administrativa para hablar con consejeros universitarios, y éstos siempre nos pedían nuestro número de seguro social. Y era muy emocionalmente difícil para mí, porque a mi me gustaban mucho esos campuses, esas canchas de futbol, pero no podía acceder a todo eso, ya que el ser indocumentada me descalificaba para una beca.

“Fue entonces que me di cuenta de lo importante que realmente era tener documentos, ya que mi sueño, desde pequeña, era algún día llegar a jugar soccer en la universidad. Y ya en la prepa yo realmente tenía el talento para lograr convertir mi sueño en realidad, y también las calificaciones necesarias, ya que me gradué ‘con honores’, entre el 10% más alto de mi clase”.

“Recuerdo que el darme cuenta de que no podría, fue algo que me dolió en el alma muchísimo. Y al mismo tiempo sentía mucho coraje contra mis padres, ya que pensaba para mis adentros: ‘ustedes siempre me dicen que me trajeron a este país para que yo pudiera tener una mejor vida. Pero ahora estoy aquí, atorada a mitad de camino, y hay una gran barrera que no puedo superar. Yo tenía 17 años en aquel entonces, y estaba por graduarme de la prepa. Y me sentía totalmente estancada, sin futuro, y por lo tanto no sabía que iba a ser de mí, y que iba a hacer con mi vida.

“Sin embargo, antes de graduarme también recordé que yo en realidad le debía todo a mis padres, y que ellos en verdad si me habían traído a este país para que mi vida fuera mejor, y que sí habíamos progresado como familia.

“Me gradué de la prepa en la primavera del 2011. De inmediato me inscribí en la University of Arkansas en Fort Smith, y empecé a acudir a clases en el otoño. Pero como tenía que pagar la inscripción y las cuotas en calidad de estudiante extranjera o no-residente de Arkansas, me costaba muy caro. Así pues, sólo puedo tomar entre una y tres clases por semestre y eso es únicamente debido al alto costo“.

“Yo conocí a Mireya Reith en un foro público en Fort Smith, en febrero del 2012 para dar información sobre el DREAM act. Me impresionó mucho que una estudiante de mi propia universidad (Lidia Mondragón) que en aquel tiempo yo no conocía, habló abiertamente sobre el hecho de que ella era indocumentada. Eso fue lo que me decidió a unirme al movimiento. Las palabras de Lidia dijo me dieron valor, y muchas esperanzas”.

“Sé de algunos jóvenes ‘soñadores’ que aún tienen miedo de salir de las sombras y declarar su estatus migratorio. A ellos quiero decirles que no están sólos. Que hay personas que quieren luchar por ellos y al lado de ellos. Quiero decirles a estos jóvenes soñadores que también el ser indocumentado puede ser una fuente de orgullo, porque los indocumentados tenemos que trabajar y luchar más duro que las demás personas para lograr nuestras metas. Y sabemos el valor de todo el gran esfuerzo que se lleva el poder lograr nuestros sueños”.

 

Humberto Márquez (18 años)

Nació en Zacatecas, México

Llegó a Estados Unidos cuando tenía 5 años de edad.

Hoy en día asiste a clases en la Universidad de Arkansas en Fort Smith.

“Mi papá vino por primera vez a Estados Unidos cuando él tenía 16 años de edad. Vino a mejorar su vida, ya que donde vivía en México, había mucha pobreza. En aquel tiempo, él lo arriesgo todo por venirse de indocumentado a Estados Unidos para trabajar y así ayudar a proporcionar una mejor vida para sus hermanos y hermanas y a sus padres. Esto fue allá por la década de los 80’s, y en aquel entonces era relativamente fácil para él periódicamente ir y volver a México. En una de esas idas a México, conoció a mi mamá, y decidió quedarse allá un tiempo y casarse. Después de nacer mi hermana mayor y yo, decidió traernos para acá. En México todo estaba subiendo de precio, y mantener a su joven familia cada vez le costaba más caro. Así fue como yo llegué a Estados Unidos, específicamente a la pequeña ciudad de Waldron, cuando yo tenía 5 años.

Humberto tiene ahora un hermano mayor que es indocumentado y otro menor, que es ciudadano estadounidense.

“Realmente no me di cuenta de que era indocumentado sino hasta que ya estaba en la preparatoria (high school). Recuerdo que aproximadamente a los 16 años de edad, durante mi segundo año de prepa, le pedí a mi mamá mi acta de nacimiento y otros documentos de identificación, como mi número de seguro social, para poder ir a tomar los exámenes del ACT (American College Testing). Y fue entonces que ella me dijo, con el rostro compungido y con lágrimas en sus ojos, que yo no tenía acta de nacimiento ni número de seguro, ya que yo no había nacido aquí en Estados Unidos, y así pues, yo era indocumentado. Recuerdo que en la prepa yo ya estaba muy involucrado en muchas actividades extracurriculares así que, cuando me di cuenta que era indocumentado, como que me sentí un tanto perdido, sin saber exactamente quién era yo en realidad. Fue un choque emocional para mí, y me sentí triste, y totalmente confundido, por espacio de una o dos semanas. Estoy casi seguro de que a muchos de nosotros los “dreamers” les pasa una experiencia muy similar”.

“Y es que en verdad muchos de nosotros no pensamos en nada de esto cuando estamos en la escuela primaria o la secundaria. Yo simplemente asumí que era igual que todos los demás niños con los cuales me había criado e ido a la escuela toda mi vida. Pero afortunadamente encontré programas que me ayudaron mucho, y en especial tuve la suerte de encontrar a la organización ‘Arkansas Coalition for a Dream’.

“De alguna manera, desde niño, había pensado que el hecho de que yo sabía inglés, y también de que siempre había sido un buen estudiante, eran cosas que me iban a proteger, y que nada iba a hacerme daño. En aquel entonces yo pensaba, ingenuamente, que nada ni nadie me impediría alcanzar mis sueños, porque yo siempre había creído que los Estados Unidos– era un lugar que amaba los inmigrantes. Esa creencia, que estaba tanto en mi mente como en mi corazón, era, según yo, mi protección. No había manera de que me pudieran enviar de regreso a México. Para mis adentros, siempre me decía: ‘Esto no puede pasarme a mí. Me siento americano”.

“Pero después, cuando estaba por graduarme de la prepa, llegó un momento en que empecé a sentir miedo. Era como si, de pronto, me había dado cuenta de que mi mundo, y mis sueños, empezaban a desmoronarse. Sabía que la única manera de tener éxito en este país era a través de la educación, y por eso tenía miedo. Era una mezcla de enojo, frustración y miedo. Entré en una especie de depresión. Sentía como si no hubiera esperanza para mí. Comencé a considerar de que no iba a ser posible ir a la universidad y, por lo tanto, tenía que empezar a trabajar. Pensé que la universidad estaría fuera de mi alcance, ya que mis padres no tenían suficiente dinero para pagar las altísimas cuotas de no-residente, y no calificaban para obtener préstamos”.

“En aquel tiempo yo conocía a personas en condiciones similares a la mía que simplemente se rindieron, porque era una situación demasiado difícil. Pero algo dentro de mí me dijo que yo no podía simplemente renunciar a mis sueños. Al menos no en esos momentos. Sentí que, de algún modo, en el futuro inmediato podría haber algo que me ayudaría poder asistir a la universidad”.

“De hecho desde niño, había sido amigo de Lidia Mondragón, y ella fue mi inspiración para seguir adelante. A menudo me decía a mí mismo: ‘yo podría estar haciendo lo mismo que ella’. Cuando yo aún estaba en la prepa, ella ya estaba en la universidad. Fue entonces cuando me di cuenta: yo puedo hacer esto. Luego supe de existían becas que no requieren un número de seguro social y me decidí a tratar de conseguir una de esas becas.

“Cuando me enteré de la llamada ‘Acción Diferida’, yo realmente no lo podía creer. Finalmente podía ver una luz al final del túnel. Inmediatamente me puse a llenar las formas para calificar. Me presenté en octubre, y finalmente conseguí mi permiso de trabajo y todo lo demás en diciembre. Fue un suspiro de alivio el poder tener finalmente en mis propias manos la tarjeta que me dio una especie de ‘estatus migratorio’ legal aquí en Estados Unidos para poder trabajar. Y es que el derecho a trabajar hace toda la diferencia del mundo. El simple hecho de saber que yo podía ir a buscar trabajo con cualquier empleador, y no tener miedo de nada, es una gran sensación. Pero al mismo tiempo, me daba cuenta de que mis padres no podían solicitar para ellos la ‘acción diferida’. Saber eso, fue otro de esos momentos agridulces para mí, porque pensé: Bueno, ahora, entonces, yo ya estoy bien, ya estoy legalmente protegido para seguir aquí en Estados Unidos,… pero ¿y mis padres, ellos que han sacrificado tanto –de hecho, todo– sólo para traerme aquí y darme una mejor vida? Eso es lo que me motiva para continuar luchando. Yo ya no tengo miedo. Puedo contar mi historia. Y la verdad es que yo veo la aprobación del DREAM Act como algo más cerca que el Acta de Reforma Migratoria.

“Por supuesto que nosotros quisiéramos que se aprobaran las dos cosas, el DREAM Act y la Reforma Migratoria, pero creo que el DREAM Act es algo relativamente más fácil de entender –de sentido común– y por lo tanto más fácil de aprobar, ya que se trata de niños traídos aquí de pequeños, o sea, antes de que ellos mismos pudieran decidir si querían venir a Estados Unidos o no. Creo que la aprobación del DREAM Act va a traer muchas consecuencias positivas para este país. Estamos hablando de la creación de nuevos contribuyentes, y también estamos hablando de los futuros médicos, abogados, maestros, en fin,… de personas que desean contribuir a la sociedad”.

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