La FIFA y el negocio del Mundial apunta a la corrupción
US$ 13 mil millones ya gastados para el Mundial 2014 y US$ 477 mil millones para los Juegos Olímpicos de Río 2016.

“No tenemos plan B”, afirmó el secretario general de la FIFA, el francés Jérôme Valcke: “La Copa Confederaciones está teniendo lugar en Brasil y la Copa del Mundo tiene que tener lugar en Brasil. Y vamos a garantizar que esto ocurra de la mejor manera”.

Del otro lado, el presidente de la FIFA, el suizo Joseph Blatter, tampoco tiene plan B.

Europa carga su propia crisis, después que los rusos le ganaron la pulseada a Inglaterra pero recién para el Mundial 2018 y el mundo árabe, con el triunfo de Qatar para el Mundial 2022, ya son hechos.

Y las preocupaciones siguen cuando la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, no quiso compartir el palco con el titular de la Confederación Brasileña de Fútbol, José María Marín, el sábado 15, en la inauguración de la Copa Confederaciones.

Rousseff no tiene relación con Marín, quien es cuestionado por sus nexos con su antecesor Ricardo Teixeira, quien debió dejar su cargo el año pasado por graves denuncias de corrupción. A su vez Teixeira es el yerno de Joao Havelange, ex presidente de FIFA, también involucrado en diversos casos de corrupción.

El portavoz de la FIFA, el español Pekka Odriozola, dijo que no había marcha atrás. Que la Copa Confederaciones no se cancelaba y menos la Copa del Mundo 2014. Todo, en las horas posteriores a la multitudinarias protestas públicas en 100 puntos diferentes de Brasil, que incluyó unos 300 mil manifestantes en Río de Janeiro.

Este último dato no pasó inadvertido ni para el gobierno brasileño ni para la FIFA. Porque Río, que cobijará además los Juegos Olímpicos de 2016, es la ciudad clave en torno a la cual gira un inmenso paquete de inversiones. Sin esos capitales de las multinacionales, es imposible que la pelota empiece a rodar.

Los US$ 13 mil millones –según cifras oficiales– ya gastados para el Mundial 2014, aún parecen demasiado pequeños si se comparan con los US$ 477 mil millones que, según el Departamento de Comercio brasileño, se planean invertir en transporte, comunicaciones y energía hasta los Juegos Olímpicos de Río 2016.

Al margen del aumento en las tarifas de transporte, el creciente índice de corrupción en Brasil, colmó las paciencias del pueblo brasileño. Y este inmenso gasto público al servicio de la gran cita futbolera del año que viene, puso a la gente en estado de ebullición. Escenarios fastuosos, rodeados de cero tradiciones futbolísticas como el estadio Nacional de Brasilia o el Arena Amazonia de Manaos, uno de los seis que aún no están terminados, pusieron en marcha el descontento popular.

Por eso las alarmas se encendieron en Brasil y en la FIFA. Porque el negocio es muy grande como para dejarlo pasar.

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