¿Una nueva iglesia católica?
Por Michel Leidermann

Cada vez que habla el Papa Francisco, no quedan dudas de que es un Papa con un estilo distinto, que prefiere dialogar y que no se presenta como el único dueño de la verdad. La esperanza es que cambie a fondo tantas cosas que se necesitan revolver en la Iglesia católica.

Sus dos predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI, creyeron en la infalibilidad papal y sugerían tener una conexión directa con Dios. Desde luego los Papas, todos, se equivocan y ninguno ha podido probar que Dios o el Espíritu Santo se les manifiestan para darle instrucciones.

Quién tiene razón: ¿el Papa Francisco, quién dijo no ser nadie para juzgar a los homosexuales, o Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes los juzgaron, acusaron abiertamente además de cerrarles la entrada a la Iglesia Católica? 

Es refrescante que Francisco se define como un “pecador”, y que reconoce haberse equivocado en el pasado al imponer su punto de vista y no consultar a sus subordinados. Aprendiendo de sus errores, el actual pontífice reunió hace unos días a ocho cardenales en el Vaticano para discutir con ellos el futuro de la Iglesia. 

Francisco es el Papa que no quiere ser Papa. Por eso rehusó el lujoso aposento papal junto a la basílica de San Pedro, y se fue a vivir a la más sencilla residencia de Santa Marta, donde casi nunca está solo. Es un claro rompimiento con la tradición y el protocolo ostentoso.

Otro es que no tiene miedo de hablar con la prensa. En una entrevista criticó a sus predecesores, cardenales y obispos. “Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, adulados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado. Cuida los intereses del Vaticano y se olvida del mundo que nos rodea” declaró 

La actitud, tono, apertura y disposición a discutirlo todo es algo único del papado de Francisco. Ojalá que el poder no se le suba a la cabeza. Pero, aún no ha tomado decisiones concretas sobre los temas más dolorosos para la Iglesia.

Ha dicho que no quiere juzgar a los gays. Pero ningún homosexual puede servir abiertamente como sacerdote y la Iglesia rechaza los matrimonios gays. Francisco dijo también que la “puerta está cerrada” para las ordenaciones de mujeres. Francisco tampoco ha dado luz verde al uso de condones. Y no ha enfrentado directamente la crisis creada por miles de sacerdotes pedófilos en todo el mundo -criminales, violadores de niños- que han gozado y gozan todavía de la protección de la Iglesia.

El anuncio de la canonización de Juan Pablo II el próximo 27 de abril es una terrible señal. ¿Cómo se va a elevar a la santidad a un Papa que protegió y encubrió a miles de sacerdotes que abusaron sexualmente de niños? Está claro que la rama conservadora de la jerarquía de la Iglesia católica aún pesa mucho frente a un Papa que apenas está conociendo todos las sinuosidades políticas dentro del Vaticano.

El mensaje respecto a los casos de abuso sexual dentro de la Iglesia tiene que ser muy claro: estamos con las víctimas, no con los delincuentes en sotana. Eso significa entregar a la justicia a todos los sacerdotes pederastas, no ocultarlos ni protegerlos e imponer una nueva política de cero tolerancia.

Tendrá que dejar de consultar y empezar a actuar con firmeza. Mientras tanto su mensaje es refrescante: de que él, a pesar del título, es igual a cualquiera de nosotros.

 

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