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Padilla, El Cordobés y el venezolano Orellana, a hombros en venezolana Mérida
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TOROS VENEZUELA

Mérida (Venezuela), 8 feb (EFE).- Los diestros españoles Manuel Díaz "El Cordobés" y Juan José Padilla y el venezolano Rafael Orellana cortaron dos orejas por coleta hoy y salieron a hombros de la Plaza de Toros Monumental de la ciudad andina venezolana de Mérida.

El rejoneador nacional José Luis Rodríguez, que abrió plaza, también tuvo una destacada actuación con petición de oreja en la primera corrida de la feria del Sol de Mérida.

Se lidiaron siete toros: cinco colombianos de la divisa de Juan Bernardo Caicedo, y dos venezolanos de Santa Fe, bien presentados y bravos, que cumplieron en todos los tercios: el quinto salió en sustitución del de Caicedo, que se partió una pezuña en la lidia y el primero de rejones.

Los toros pesaron 450, 482, 425, 450, 435, 415 y 450 kilos.

La corrida duró cerca de tres horas y media; desde el cuarto, los diestros torearon con luz artificial.

Rodríguez: Petición y vuelta

El Cordobés: Aplausos y dos orejas

Padilla: Ovación y dos orejas

Orellana: dos orejas y petición de oreja en su segundo

Los tres espadas fueron sacados a hombros al terminar la corrida.

Abrió plaza, ataviado a la Federica, el caballero Rodríguez con un toro que acusó mansedumbre y saltó al callejón al recibir el rejón de castigo.

Con un segundo y tres pares de farpas arriba pasando por los adentros y dos banderillas cortas, el rejoneador toreó con la grupa antes de matar al toro de certero rejón de muerte que lo tiró sin puntilla.

El primero del Cordobés fue un toro hecho, poco habitual por estas plazas, que salió suelto de los capotazos del maestro.

Lo llevó al caballo y recibió tres puyazos arriba del varilarguero español Juan Francisco Peña.

Con toreros doblones y asentados muletazos, lo sacó al tercio y el morlaco se refugió en tablas; donde exponiendo le sacó pases que no tenía, matándolo con decoro.

En su segundo estuvo sembrado con la capa, lo cambió con una vara con buenos pares del español Raúl Caricol y el venezolano Salvador Moreno.

Con muletazos del desprecio, lo sacó a los medios para bordar largas series de naturales, derechazos y redondos acompañados con el pasodoble de su progenitor.

Mirando al tendido, siguió pegando pases enterrando las zapatillas en la arena.

Valiente desplante de rodillas, seis saltos de la rana y volvió a torear por naturales que incitaron al público a pedir el indulto que la presidencia no concedió.

Se tiró encima para tumbarlo de estocada sin puntilla. Dos orejas.

Padilla saludó con airosos lances intercalados con chicuelinas aplaudidas desde los tendidos.

El toro, cornalón, derribó en la suerte de varas y al sacarlo del caballo con emotivos faroles y delantales se llevó al de Jerez a los lomos y le dio una aparatosa voltereta de la que salió con la cara, la camisa y la chaquetilla manchadas de sangre pero sin mayores consecuencias para el diestro.

La plaza se le entregó. Dejó los tres pares de palitroques en todo lo alto y enloqueció a los tendidos con su carismática personalidad.

Luego formó una sampablera antes de que el toro se echara después de un pinchazo.

Con largas cambiadas de rodillas y un manojo de verónicas saludó a su segundo, que recibió buena vara y dos pares de poder a poder, cerrando con el del violín.

Brindó desde el platillo al respetable y sentado en el estribo le endilgó cinco muletazos que pusieron a toda la plaza de pié, para repartir a continuación dos series con la diestra y desplante de rodillas.

Recibió otra voltereta, se levantó, y sin mirarse, se perfiló en corto y enterró el acero hasta la cinta.

Orellana tuvo como primero a un castaño astifino y bien armado al que toreó valiente y con gusto. El toro perdió la pezuña y lo cambiaron por el sobrero de Santa Fe.

El del patio lo sujetó con templados muletazos y se lució en ceñidos quites por chicuelinas. Con ayudados por alto, lo sacó al centro de la arena para plasmar varias series en la boca de riego.

Con la muleta en la izquierda siguió ligando redondos y circulares antes de matarlo de estocada y descabello que premiaron con doble trofeo.

Recibió al sobrero que cerró plaza, otro toro con trapío, con valientes verónicas que dieron paso a una larga vara y tres pares.

Volvió a torear por ambos pitones al son de la música a un burel que embistió con raza y nobleza.

Relajado toreó por naturales, pasándoselo muy cerca y templado. Dos pinchazos sin soltar, antes de matarlo de estocada hasta los gavilanes. Pidieron la oreja que la presidencia negó.

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par Michel Leidermann
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