ATAQUE DE ORLANDO PONE A PRUEBA AL PAIS
Por Michel Leidermann

Los terroristas siempre tienen, al menos, dos objetivos cuando atacan. Intentan, por supuesto, matar a sus víctimas inmediatas. Pero también tienen la intención de destruir nuestras sociedades modernas abiertas y liberales. El ataque al club nocturno de Orlando en el que murieron al menos 50 personas es una tragedia no sólo terrible, sino también profundamente peligrosa.

Esto se debe a que ha sacudido a Estados Unidos en medio de una elección presidencial fundamental que definirá la dirección que tomará este país en el futuro. Hay dos opciones: o bien continuará el curso marcado por el presidente Obama, o se revertirán los logros conseguidos.

En Estados Unidos el poder del presidente es limitado. Obama ha sido consciente de ello a menudo, ya sea en sus planes por reformar el sistema de salud o sus intentos de aprobar una reforma migratoria. Un presidente, por lo tanto, siempre necesita el apoyo de la Corte Suprema. Y la Corte es una de las muchas razones por la que esta campaña electoral está siendo tan importante y costosa. El poder de influencia de los jueces en el país es inmenso.

Debido a que el cargo de los jueces es vitalicio, su mandato puede durar mucho más tiempo que un período presidencial. Ahora, uno de los 9 asientos está vacío. Además, dada la avanzada edad de los jueces, es perfectamente concebible que el próximo presidente puede nombrar a al menos otros dos magistrados.

El terrible ataque de Orlando ocurrió en el momento justo en el que las elecciones presidenciales empezaban a calentarse. Los partidarios de Donald Trump empezaron a servirse de este acto terrorista por la red social Twitter para felicitarlo sobre su postura anti islamista por la religión del presunto asesino. La solidaridad de Hillary Clinton con los musulmanes es algo que también utilizarán en su contra aprovechando los temores de la gente para impulsar a su candidato cuando muchos estadounidenses parecen muy propensos a este tipo de populismo. Están demasiado dispuestos a dejarse seducir por torpes promesas de salvación que no reflejan cómo sería una sociedad aislada detrás de la construcción de muros y sujeta a una vigilancia sobre todos.

Cuando Trump dice que quiere hacer grande a Estados Unidos de nuevo, en lo único que piensa es en un país en el que él juegue el papel de hombre fuerte y nacionalista. Eso es lo que hay detrás de su plan para prohibir temporalmente la entrada de musulmanes, sus sospechas acerca de un juez de origen mexicano o su condescendencia sexista hacia las mujeres.

Los ataques terroristas plantean un reto importante a cualquier sociedad libre. Nos obligan a preguntarnos la complicada cuestión de cuánto vale nuestra libertad, y cuándo estamos dispuestos a dar por sociedades abiertas como la nuestra.

Los políticos y los ciudadanos tienen la difícil responsabilidad de responder de forma calmada y colectiva ante los sentimientos de odio y revancha que provocan los atentados terroristas. 

Pero, hasta ahora, en el mundo no se había visto nunca una campaña electoral como la que se está librando en Estados Unidos. ¿Serán los ciudadanos de los Estados Unidos de 2016 capaces de evitar caer en la trampa que les han puesto los terroristas y que, en última instancia, les podría llevar a preferir esa falta de libertad prevista por los musulmanes fundamentalistas? ¿O defenderán el sueño americano, en gran parte construido en base a una sociedad abierta integrada por inmigrantes? 

 

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