PUEBLO DE CHICHIHUALCO VIVE DE COSER PELOTAS DE FÚTBOL
CADA ESFÉRICO ES VENDIDO A UN PRECIO DE ENTRE TRES Y CINCO DÓLARES Y DEJA UNA GANANCIA DE OCHO CENTAVOS
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A todas horas, siempre hay alguien que zurce balones en las estrechas y empinadas calles de piedra de Chichihualco, enclavado entre espesas montañas del empobrecido estado de Guerrero, en el sur de México.

Este poblado, de temperaturas caniculares y enclenques casas, vive desde hace medio siglo del fútbol gracias a sus legendarios balones artesanales, que llegaron en su mejor época hasta canchas de primera división y de la selección mexicana.

Pero la incursión de la competencia asiática, el narcotráfico y la emigración a Estados Unidos relegaron las tradicionales pelotas a una categoría amateur de mercados populares, e incluso El Tri -que juega en la Copa América este mes- prefiere entrenarse con balones Adidas.

Pese a tener todos los pronósticos en contra, muchos de los 25.000 habitantes de Chichihualco se aferran a su ancestral sustento aunque ya no sea el floreciente negocio de antaño.

“Aquí todos cosemos balones: hombres, mujeres, niños... ¡hasta mi esposo! No hay otro trabajo”, cuenta Virginia Ramírez, mientras hilvana bajo el techo de palos de su casa. Esta anciana, que cose balones desde los 17 años, tiene los dedos tan curtidos que ya no necesita los acostumbrados dedales de cuero para protegerse de los pinchazos y las quemaduras del hilo encerado.Al dibujar una sonrisa que arruga todo su rostro, la mujer asegura que puede coser hasta cinco balones en un día. Por cada uno ganará 10 pesos (54 centavos de dólar).

La leyenda de los balones de Chichihualco arrancó en los años 1960 con el florecimiento de 70 talleres que pusieron a rodar la economía local. Pero ahora sólo quedan 15, con una producción de 15.000 balones mensuales contra 60.000 hace 40 años. Estos talleres cuentan con maquinaria para confeccionar, cortar y grabar los gajos que forman los balones, que luego serán cosidos por los pobladores en sus casas. De regreso en los talleres, las pelotas son infladas y retocadas.

Alberto Morales, el primero en fundar un taller en Chichihualco, supervisa con esmero el acabado de los 1.200 balones que produce semanalmente y cuyos diseños color rojo carmín, negro brillante o verde limón llevan orgullosamente su marca, “Don Beto”. Cada esférico será vendido a un precio de entre tres y cinco dólares, y le dejará una ganancia de ocho centavos.

Aunque sale a flote, Don Beto añora la época dorada que se fue a pique por la incursión de China y Pakistán, con pelotas más baratas en el mercado. “Estamos estancados. No podemos producir más porque no alcanza para reinvertir en material ni maquinaria”, asegura el emprendedor de cabeza blanca. “Podríamos competir con los balones de cualquier lugar del mundo. Nuestro balón es realmente esférico, cosido a pura garra, mientras que el chino, cuando lo patean, se va para todos lados”, espeta un desanimado Morales, mientras sostiene uno de los 200 balones que le pidió Tigres para sus aficionados.

Aunque muchas familias de Chichihualco aún cosen balones, cada vez menos aceptan tan ardua tarea por 10 pesos, en una zona clave para el cultivo y tráfico de marihuana y amapola.?

 

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Michel Leidermann
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par Michel Leidermann
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