LOS MONUMENTOS SIEMPRE SON ARTEFACTOS POLÍTICOS
Por Michel Leidermann

Hay exceso de desvergüenza en este siglo XXI. Son hombres blancos los que marchan cantando consignas agresivas contra las minorías: afroamericanos, latinos, judíos, gays y otros. Durante los años de segregación, el Ku Klux Klan lo hacía, pero ocultaban sus rostros. Estos de hoy lo hacen a cara descubierta y mostrando orgullosos las armas que llevan encima, un verdadero arsenal.

Es un ejercicio de intimidación con amenazas criminales. 

Además, pertenecen a otra época. Los neonazis americanos marchan con la bandera del Tercer Reich que ya hoy no existe y por el cual Estados Unidos fue a la guerra, para eliminar dicho régimen de exterminio. 

Algo funciona muy mal en Estados Unidos donde portar y celebrar la simbología nazi no es ilegal. En Alemania, lo es.

Siempre se invoca la Primera Enmienda constitucional: la libertad de expresión. Pero el lenguaje del odio no está comprendido en ella. Tal vez sea la hora de generar una jurisprudencia más robusta. Al final se trata de cuántos otros derechos infringen la libertad que tienen los neonazis para expresar sus ideas y sus símbolos.

Muchos otros, desde luego, porque se trata de una opresión cruda y brutal. Para Hanna Arendt, en Charlottesville, fue la muerte en agosto por un vehículo arrollando a una muchedumbre que protestaba contra los neonazis y que le costó la vida a la mujer. 

Solo el conductor fue arrestado por asesinato. Los demás arrestos fueron por conducta revoltosa en la vía pública. 

Lo ocurrido en Charlottesville fue producto de la remoción de la estatua del general Robert E. Lee, según fue decidido por el Consejo de Gobierno de la ciudad y hoy pendiente de un litigio judicial. Los supremacistas blancos acudieron en defensa de la estatua y los grupos rivales, por su remoción. De ahí los enfrentamientos y el posterior ataque.

Lógicamente, el caso llegó a Trump, quien se manifestó en favor de mantener la estatua por su valor histórico y estético, para recordar el pasado y apreciar una escultura. Recordó que los presidentes Washington y Jefferson también fueron dueños de esclavos pero antes de la Emancipación de 1863, bajo Lincoln, cuando la esclavitud era legal.

Cuando se trata de la historia y el arte, no se puede ser superficial. Es que Robert E. Lee fue el comandante del ejército de la Confederación en la Guerra Civil, y fue él quien firmó la rendición del 9 de abril de 1865. Es decir, fue el líder militar de un ejército derrotado en una guerra por la abolición de la esclavitud que el Sur intentaba mantener. 

Hay cientos, de monumentos confederados en lugares públicos esparcidos por Estados del Sur, todos erigidos durante el régimen de la segregación de Jim Crow. 

El propósito de todas esas estatuas era y sigue siendo claro. Es que no están allí por ser arte, sin perjuicio del talento de los escultores, sino por ser un símbolo de opresión esclavista. El recuerdo histórico que se persigue no es para tener un debate académico. Es un recordatorio de la esclavitud.

Ocurre que los monumentos siempre son artefactos políticos. El mensaje que emiten a veces es de libertad y otras lo contrario. Invocar la historia y la estética, como hace Trump, sería como mantener las estatuas de los comunistas Lenin y Stalin en Europa Oriental, o las de Saddam Hussein y Gaddafi después de sus respectivas caídas, por haber sido parte de la historia.

Hay ocasiones en que los monumentos son símbolos del terror. 

 

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