Irak sin solución
Por Michel Leidermann
La espantosa realidad de Irak es que unos 3,015 soldados norteamericanos ya han muerto y más de 22,000 fueron heridos con pérdida de brazos y piernas,  además de  miles de iraquíes muertos.
Irak sufre una guerra civil entre las sectas sunitas, chiítas y kurdos mientras que su gobierno central no tiene control sobre los, insurgentes. Los 140,000 soldados norteamericanos no han podido derrotar una creciente insurgencia con participación  de todos los grupos terroristas de la región.
El caos iraquí y sus masacres diarias van igualmente más allá de la resistencia a la invasión estadounidense. Irak es sólo una faceta más a los problemas que desde hace décadas enlutan al Islam: el enfrentamiento consigo mismo sin poder convivir chiítas con sunitas, y la separación de religión del estado.
 Los enfrentamientos dentro del Islam no han cesado desde el siglo VII, tras la muerte de Mahoma. Los sunitas siempre controlaron a la mayoría chiíta en Irak. Tras la caída de Saddam Hussein, el poder pasó a los chiítas y sus escuadrones de la muerte han llevado a los sunitas a pedir ayuda a sus correligionarios como Arabia Saudita. Pero los tentáculos chiítas se extienden más allá de Irak, y desde Irán llegan al Líbano y a Palestina.
El fundamentalismo y la búsqueda del paraíso a través de la muerte por parte de los fanáticos suicidas, no hace sino añadir aún más sangre al caos. Baste como ejemplo el caso de Osama Bin Laden, un sunita fundamentalista, enemigo número uno de EUA y de los chiítas.
En Irak no se respetan reglas, ni siquiera al Corán que prohíbe que musulmanes maten a musulmanes. Las  sectas islámicas han cometido el asesinato de presidentes, jueces, intelectuales, o niñas y mujeres decapitadas, a veces junto a toda su familia, por no llevar el velo islámico. Iraquíes matan masivamente a conciudadanos en mercados, paradas de autobuses, o a la salida de las mezquitas.
La invasión estadounidense simplemente ha acelerado una protesta contra accidente que inició en 1993 con los atentados de Bombay (India) y el primer atentado al World Trade Center en Nueva York; en 1996 las Torres Khobar en Arabia Saudita; en 1998 las Embajadas EUA en Tanzania y Kenia; en 2000 el buque U.S. Cole en Yemen. Pero también tras 9/11, ha seguido el baño de sangre en Madrid (España), Londres (Gran Bretaña), Bali (Indonesia), y Casablanca (Marruecos).
Tres años y medio después de la invasión norteamericana en Irak, aún no se ha podido justificar la presencia norteamericana. Pero el problema es que si ahora EUA se retira rápida y precipitadamente, es muy posible que se desate “una conflagración regional” en todo el Medio Oriente.
Lo más que desea EUA  es dejar instalado un gobierno en Irak que, más o menos, evite un genocidio entre los propios irakíes. ¿Cómo mantener unido a un país que, en realidad, está compuesto por tres naciones distintas? Parece imposible que los islámicos se pongan de acuerdo.
Y EUA llevó la guerra al país equivocado. Fue Osama bin Laden, y no Saddam Hussein, el responsable del 9/11 y el presidente Bush aún no puede justificar porqué atacó a Irak en lugar de concentrarse en bin Laden.
Pero pareciera que da igual si EUA se va o se queda en Irak, incluso que nunca hubiera invadido el país, el río de sangre ya estaba en marcha y seguirá tiñendo  de rojo a las próximas generaciones.
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