CULIACÁN PONE EN DUDA LA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD DE AMLO
LA POSICIÓN PACIFISTA PODRÍA SER MUY VÁLIDA, PERO CON LA VIOLENCIA TAN GENERALIZADA EN EL PAÍS, ESA ESTRATEGIA DE BAJO PERFIL Y CONCILIACIÓN, RESULTA INSOSTENIBLE
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Error o fracaso. Retirada a tiempo o sometimiento. El desenlace de la batalla de Culiacán entre la fuerza pública y los narcos el pasado 17 de octubre tiene amplias interpretaciones, pero una sola conclusión: la debilidad del Estado mexicano frente al narcotráfico, que pone en duda la estrategia del gobierno de Andrés Manuel López Obrador para combatir al crimen organizado. 

El fracaso del operativo militar en la capital de Sinaloa revela la falta de preparación y desorganización de la fuerza pública, así como los escasos avances de la política pacifista del presidente.

Tras la liberación de Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo, el propio jefe del Ejército, Luís Sandoval, reconoció la precipitación en el operativo: “En el afán de obtener un resultado positivo, se actuó con deficiente planeación y falta de previsión sobre las consecuencias”, además de admitir que el comando omitió “el consenso de sus mandos superiores”.

El Estado contaba al momento de los combates con 9.160 uniformados federales desplegados en Sinaloa, estado del que Culiacán es su capital, pero sólo 1.788 elementos de la Guardia Nacional (GN), debido a que gran parte de los efectivos de la Guardia se han tenido que destinar a las fronteras para contener el flujo migratorio.

La fuerza militar se vio muy superada en número por los integrantes del cartel de Sinaloa, en más del doble de efectivos, según medios locales. Los narcos amenazaron a familiares de militares y secuestraron a varios grupos del Ejército como moneda de cambio para la liberación de su jefe, Ovidio Guzmán, lo que precipitó su liberación.

Se pensaba que el cartel de Sinaloa estaba debilitado por las disputas internas tras la detención de su capo, El Chapo Guzmán, en enero de 2016. Sin embargo, la furia y la violencia que desató el jueves 17, demostraron lo contrario. 

Los anteriores presidentes nunca se metieron a Sinaloa, sino únicamente con operativos precisos, y dejaron crecer el cartel. El Chapo andaba con total confianza por Sinaloa y ese control del cartel tampoco es posible sin una colusión o permisividad de las autoridades, especialmente municipales y estatales. 

El crimen organizado se beneficia de un entorno estable. Solo en unas semanas pasadas, en Guerrero (suroeste), 15 personas fueron asesinadas y en Michoacán (centro) 13 policías fueron masacrados en una emboscada. La ineficacia en la prevención de estos ataques, la reticencia oficial para referirse a matanzas, ha puesto en duda la estrategia de seguridad de AMLO, cerca del año de haber tomado la presidencia.

AMLO llegó a la presidencia bajo el lema ‘abrazos, no balazos’ y justificó el fin del operativo en Culiacán alegando que así se evitaría la muerte de civiles. “La decisión se tomó para proteger a los ciudadanos. No se puede apagar el fuego con el fuego”, argumentó en un discurso en que volvió a distanciarse de las políticas de sus antecesores Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, centradas en la detención de los cabecillas y cuyo único efecto fue exacerbar la violencia.

La posición pacifista podría ser muy válida, pero con la violencia tan generalizada en el país, esa estrategia de bajo perfil y conciliación, resulta insostenible y difícilmente el gobierno va a poder desenraizar al narco de sus territorios sin una política de Estado mejor articulada.

AMLO ha enfocado su lucha contra el crimen en perseguir sus activos y redes de blanqueo, sumado a programas sociales que aparten a los jóvenes del reclutamiento de los cárteles y disuadan el apoyo entre la población.

Sin embargo, esas acciones han arrojado poco éxito.  El narco gobierna varias partes de México, no sólo por su volumen de fuerza, sino porque ocupa el espacio económico con la generación de empleos y riqueza.

En los diez primeros meses de gobierno de AMLO han sido asesinadas 29.629 personas, el inicio de sexenio más violento desde la Revolución. 

Y las cifras siguen siendo demoledoras: siete de cada diez mexicanos se sienten inseguros en un país con un centenar de asesinatos al día en lo que va de año. 

La batalla de Culiacán sólo refuerza la visión de un Estado fallido para frenar al narcotráfico. 

 

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