EL DERECHO A MORIR
Por Michel Leidermann
El 21 de diciembre un médico italiano, Mario Riccio, desconectó el respirador que mantenía con vida a Piergiorgio Welby, quien sufría de distrofia muscular y estaba paralizado. Después de que Riccio le administrara un sedante y apagara el respirador, Welby dijo “gracias” tres veces a su esposa, sus amigos y su doctor. Cuarenta y cinco minutos más tarde dejaba de existir.
La muerte de Welby plantea nuevamente dos preguntas. Una es si una persona tiene derecho a rechazar un tratamiento médico de soporte vital. La otra es si éticamente es posible defender la eutanasia voluntaria.
Todo tratamiento médico debería cumplir el requisito de obtener un consentimiento informado del paciente, siempre que éste sea un adulto competente en condiciones de tomar una decisión. Obligar a un adulto competente a recibir un tratamiento médico, equivale a una agresión. Podemos pensar que el paciente está tomando una decisión equivocada, pero debemos respetar su derecho a tomarla.
Hasta la Iglesia Católica Romana ha sostenido que no existe obligación de utilizar medios “extraordinarios” o “desproporcionados” para prolongar la vida. La Declaración sobre la eutanasia publicada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada por el Papa Juan Pablo II en 1980, declara que rehusar un tratamiento médico abrumador “no es equivalente a un suicidio”. Por el contrario, este rechazo “se debe considerar como una aceptación de la condición humana, o un deseo de evitar la aplicación de un procedimiento médico desproporcionado en relación con los resultados que se pueden esperar, o un deseo de no imponer gastos excesivos a la familia o a la comunidad”.
Tal descripción se aplica bien al caso de Welby. Desde su punto de vista, Riccio estaba haciendo lo que cualquiera debería haber estado preparado de hacer por Welby, que sufría de parálisis y no era capaz de poner en la práctica su rechazo a un tratamiento médico gravoso.
Pero la pregunta más de fondo, es si la doctrina de la Iglesia Católica tiene sentido. Si un paciente con una enfermedad incurable puede rechazar un tratamiento gravoso a sabiendas de que ello implicará su muerte. ¿Porqué a un paciente con una enfermedad incurable cuya vida no está siendo mantenida por tratamiento médico alguno, pero que encuentra que la enfermedad misma hace que su vida sea una carga, no se le permite buscar ayuda para terminar esa carga?
Los defensores de la doctrina católica responden que en el segundo caso el paciente quiere poder terminar con su vida, y que eso está mal, mientras que en el primer caso, el paciente simplemente desea evitar la carga adicional que el tratamiento significaría.
Muchos países reconocen el derecho legal a rehusarse a recibir tratamiento médico. Sin embargo, solamente Holanda, Bélgica, Suiza y el estado estadounidense de Oregon, permiten a los médicos ayudar a los pacientes a poner fin a sus vidas por medios distintos que desconectar un aparato de soporte vital.
Los críticos plantean que la legalización de la eutanasia voluntaria ha producido una degradación de la profesión médica y todo tipo de otras graves consecuencias.
Sin embargo, como el caso de los holandeses, practicar la eutanasia voluntaria y legal, ha mejorado la atención médica en lugar de dañarla, y ofrece la posibilidad de recibir ayuda para morir con dignidad y sin sufrimiento, en caso de que la persona lo desee y lo necesite.
¿No se trata de una opción que todos deberíamos tener?
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Michel Leidermann
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