El escenario de la batalla del 5 de Mayo de 1862
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La Ciudad de Puebla en 1862 era la segunda en tamaño del país. Con sus calles muy rectas que mostraban una traza perfecta, fue diseñada por los alarifes y agrimensores del Renacimiento. La orientación de ese emparrillado urbano estaba ligeramente desviada del norte magnético, para evitar que los vientos fríos recorrieran las calles.
Trescientos treinta años de existencia habían cambiado a Puebla, de aquella pequeña población que en 1531 había sido fundada por el franciscano Fray Toribio Motolinía. Las concesiones que el rey de España les diera, como exenciones de impuestos, facilidades para la industria y el comercio, etc., la hicieron próspera desde el principio, de tal forma que muy pronto ostentó casas de cantera con buenos balcones, las armas o escudos y de los hidalgos que escogieron el lugar para establecerse y redoblar sus fortunas.
Esa prosperidad se reflejó muy pronto en una buena cantidad de templos, de distinta arquitectura, pero cual más complicada y ostentosa. Cúpulas y torres se revistieron de costosos azulejos y formidables yeserías, de tal forma que de lejos dan la apariencia de una ciudad acaudalada, sacada de los cuentos de caballería.
Los alrededores de pequeños pueblos se distinguen siempre por las torres de sus iglesias pues pareciera medirse por la cantidad de iglesias que tenga y el número de cúpulas y torres que se vean desde lejos.
El paisaje de Puebla es bello, el gran valle circundado por cuatro altos y majestuosos volcanes, tres de ellos inertes, pero uno: el Popocatépetl, activo siempre con sus altas fumarolas que siempre preocupan a los habitantes. Otro, el más lejano, se eleva hasta perderse en las nubes, es el afamado Citlaltépetlo “Cerro de la Estrella”, porque según los indígenas, llegaba hasta ellas. Hoy se le ha aplicado el sencillo denominativo de “Pico de Orizaba”, por la pequeña población de ese nombre que está al pie de la montaña.
También la “Malinche”, imponente, es el menor de todos y tenía el viejo nombre de la diosa de las aguas que brotan de la tierra: Matlalcueye. Los habitantes de Tlaxcala, en el momento en que el capitán español Hernán Cortes entabló con ellos, cambiaron el nombre del volcán para agradar al hispano: Malinche, nombre de la lengua nativa que significa “cara pálida”, y que luego por asociación se le diera a la mujer india que le sirvió de amante y traductora. También el Iztaccíhuatl, la “mujer blanca” domina el valle con un gran señorío.
Dos ríos con mucho afluente circundan el valle de Puebla, uno más o menos grande, llamado Atoyac y otro que era casi un arroyo llamado Almoloyan y más tarde San Francisco.
Área siempre verde, llena de líneas de árboles que fueron plantados por la gente para que los viajeros siempre contaran con sombra fresca, marcan linderos de haciendas y siguen caminos. Sembrados de maíz, alfalfa, trigo y flores, con ese amor que los mexicanos tienen para los adornos floridos y que lucen a la menor provocación.
Al sur, pero a 30 kilómetros está Atlixco, ya con un clima semicaliente, lleno de vegetación a pesar de que la tierra es dura y difícil.
Al oriente se suceden una buena cantidad de pueblos pequeños, la mayoría alineados a orillas del camino de Puebla a Veracruz. En 1862 era de tierra apisonada, con muchísimos agujeros de difícil conservación, y de complicado trayecto hasta el puerto, que queda bastante distante.
Por ello se hicieron importantes algunos puntos, como Tepeaca, Tecamachalco y Tehuacan. En estos sitios había caballos y mulas de refacción, comida, agua, y aditamentos para los coches y diligencias. Entre los pueblos chicos estaban Amozo y Chachapa, circundados de grandes predios con mansiones señoriales, que eran las haciendas antiguas de Amalucan, la Manzanilla y Los Alamos, inmediatamente después de ésta, se situaba la garita de “La Noche Buena”, que era ya la entrada a la ciudad de Puebla.
Dominaba a la ciudad un cerro bajo pero muy extendido, que tiene dos cimas, una un poco más baja que la otra. La más alta se sitúa al oriente y la otra a unos 500 m. hacia el poniente. Está conformado principalmente de una muy dura roca de la que se extrajo la cantera verde con que se construyeron la Catedral y los principales edificios.
Por su misma consistencia geológica, el cerro estaba desnudo de vegetación, a penas algunos magueyes, zacatones o altos pastos y muy pocos arbustos chaparros como huizaches y antiguamente amates, de donde surgió su nombre indígena: Amacueyatepec (Cerro de amates y ranas).
Los fundadores de la ciudad, en 1531 le llamaron “Cerro de Belén”, porque levantaron una ermita dedicada a la Virgen de ese nombre, con la intención de que los canteros le tuvieran devoción y la cuidaran. También le dijeron “Cerro de San Cristobalito”, en honor al niño tlaxcalteca, nieto del cacique de Tlaxcala, que fuera muerto a palos por los indios de un pueblo al que ingenuamente quería convertir al cristianismo.
Desde las cimas del cerro se domina completamente el valle, al norte la vista se interrumpe por la mole gigantesca de la Malinche, pero al poniente se alcanzan a ver las torres del “cerrito” de Cholula. Al oriente con gran facilidad se advierten los pueblos y la línea arbolada que es el camino real a Veracruz.
Abajo, al sur del cerro, está la ciudad de Puebla, y quien está sobre el cerro tiene un dominio absoluto de la afamada Puebla de los Ángeles.
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