Orden en el congreso
Por Michel Leidermann
Los miembros de la jactanciosa Cámara de Representantes, cuyo nivel de aprobación por parte de los ciudadanos que los eligen, ha caído a fondo hasta apenas un 14% según una reciente encuesta de Gallup, sin embargo se aumentaron sus sueldos en cerca de $4.400 el pasado junio. De alguna manera, sucedió que ahora los Representantes están por debajo del nivel de aprobación del propio presidente Bush de 28%, uno de los más bajos de la historia. Ya no hay admiración por los políticos, sólo desdén.
Los legisladores, que han desilusionado y fallado grandemente a nuestro país por no querer escuchar ni responder a la mayoría de los americanos, ahora ganarán casi $170.000 por año, sin importar lo poco que hagan en el Congreso (menos de 150 días en el congreso al año).
Pienso, que la mayoría de ellos no hacen caso a los ciudadanos mientras que promueven sus agendas personales, manteniéndonos rehenes de sus esquemas y excusas.
¿Crítica fuerte? Claro que si, pero no desmerecida. Muchos legisladores en Washington, en la Cámara de Representantes y el Senado, han dado su espalda a la mayoría de los ciudadanos, que se han expresado claramente sobre temas que van desde el matrimonio tradicional hasta la libre expresión, controlar las fronteras en tiempos peligrosos, o poner fin a la guerra en Irak.
Los principios nacionalistas de los primeros estadistas estadounidenses, que pusieron a nuestra nación y a su bienestar, por encima de todo lo demás, han desaparecido, así como la civilidad en el congreso entre ambos partidos y la buena voluntad como servidores del pueblo de cooperar entre ellos para el bienestar común.
Hoy, aquellos individuos y corporaciones que controlan la mayoría del dinero, son los que reciben la atención completa del Congreso. Lo que el público piensa, ya no importa. El interés propio de los legisladores reina, según lo evidenciado por este último aumento de sueldo que la Cámara permitió silenciosamente momentos antes de fracasar la reforma de la inmigración en el Senado.
Ya pasaron los días en que la constitución de los EUA fijaba los estándares para dirigir a nuestra nación y que motivaba a los legisladores elegidos, para servirnos. Ahora los congresistas hablan bien en tiempos de campaña, pero una vez en el cargo, cambian las reglas y tratan de adelantar todo lo que puedan para su agenda propia durante su tiempo como servidor público.
Y no se crea que $170.000 por año es todo lo que los legisladores reciben, además están las gratificaciones y regalos extraoficiales que reciben como “regalos de fiestas” y la mayoría dejan sus cargos más ricos de cómo llegaron.
La verdad, es que lo que ellos merecen es una reducción salarial por todo lo que no están haciendo en nuestro favor. Mientras tanto, estos servidores públicos se atracan con comidas cinco-estrellas y convites ofrecidos por los cabilderos y los dignatarios extranjeros, mientras que los ingresos promedio de una familia americana es menos de $48.000 por año.
Ningún ciudadano regular goza de los múltiples privilegios adicionales de los legisladores: viáticos, franqueo gratis, peluquería, gimnasio, y muchos más. Es un absurdo cuando a quienes elegimos y pagamos para hacer un trabajo legislativo, no lo cumplen. Es hora de poner fin al egocentrismo, al escapismo y al perdón automático (entiéndase reelección) otorgado por décadas. Realmente, es tiempo que nuestra Constitución, el documento por el cual nuestras libertades están garantizadas, exija la acción requerida de cada ciudadano.
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par Michel Leidermann
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