Ola antiinmigrante
Por Michel Leidermann
El gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, pensó hacer más seguras las carreteras en su estado, mejorar la labor policial y ahorrarles a los automovilistas $120 millones en seguros de accidentes. Pero parece que por ahora su plan se ha atascado
Spitzer pensó que podría otorgar la licencia de conducir a quien pudiera aprobar el examen de manejo y demostrar su identidad, sin importar su estatus migratorio. El plan tenía sentido: es mejor saber quién usa las carreteras y aumentar la probabilidad de que conozca las reglas de tránsito, que tenga seguro contra accidentes y esté menos dispuesto a huir en caso de choque en lugar de huir, y dejarlos manejar sin saber quien es y si conoce o no las reglas del tránsito.
Tomó seis semanas de feroces ataques para convertir el sentido común en algo sin sentido. En un cambio de postura, Spitzer anunció ahora que apoya los planes federales de hacer el acceso a licencias de conducir aún más estricto. Dijo que, además, prefiere que su estado emita una segunda clase de documento que estaría disponible para inmigrantes indocumentados. Es difícil imaginar que a los indocumentados les interese solicitar un documento que los pondría al descubierto.
Hace tres años, un comité especial en Maryland encargado de estudiar el tema de las licencias, recomendó no prohibir las licencias a los inmigrantes indocumentados, pues determinó que la seguridad pública prevalecía sobre la preocupación migratoria. Ahora seria muy difícil concretar esa recomendación.
La histeria sobre la inmigración ilegal es tal, que cualquier medida que insinúe la posibilidad de beneficiar en alguna medida a quienes están acá ilegalmente —incluso si es de beneficio público— será probablemente derrotada.
Tal es el caso del DREAM Act, un proyecto de ley que fue bloqueado en el Congreso, que daría residencia legal permanente a los universitarios indocumentados que no han tenido roces con la ley, y hayan asistido a la universidad o servido en las Fuerzas Armadas estadounidenses por lo menos dos años.
La ola antiinmigrante también dificulta más la labor de quienes sirven a la comunidad en general. Jefes y asociaciones policiales aseguran que hacer de sus agentes, ejecutores de las leyes de inmigración, pone en peligro su habilidad de mantener la seguridad pública al desalentar a todo un segmento de la población a reportar crímenes.
Las víctimas de la histeria antiinmigrante no son sólo "los ilegales", sino la población en general. Ya ha sido confirmado en varios estudios de parte de organismos independientes, que los ilegales contribuyen con un aporte económico positivo al país. Sin embargo los antiinmigrantes niegan esas cifras.
Desafortunadamente en los meses por delante se hará más difícil adoptar medidas razonables sobre inmigración, mientras candidatos a la elección o a la reelección, en todos los niveles comunales, estatales, y federales, continúan explotando las emociones sobre el tema.
Una desconfianza similar desanima a los inmigrantes a buscar atención médica cuando la necesitan, lo que a su vez puede potencialmente amenazar la salud de la población en general. Expertos en salud afirman que el cuidado preventivo, como las vacunas en niños, puede evitar problemas severos de salud o la propagación de infecciones.
Y el tema de los inmigrantes ilegales no es único a los EUA. En Europa están también buscando respuestas al problema porque reconocen la necesidad de la mano de obra inmigrante. Pero en EUA, no. Acá el nacionalismo o conservadorismo, está tomando cada día más fuerza antiinmigrante. ¡Cuidado que se avecinan tiempos aún más turbulentos!
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par Michel Leidermann
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