México y los deportados
Por Michel Leidermann
En la década de los 30, cuando la Gran Depresión puso en jaque a la economía estadounidense y de la noche a la mañana grandes fortunas quedaron reducidas a la nada, las autoridades de EUA deportaron a por lo menos un millón y medio de mexicanos —muchos de ellos nacidos aquí— con el argumento de que eran culpables de todos los males económicos del país.
Nadie alzó la voz para defenderlos porque a esos trabajadores se les consideraba personas de segunda clase.
Hoy y pese a los supuestos avances de los latinos en la sociedad y economía estadounidenses, está ocurriendo algo muy parecido. La economía del país esta desacelerándose y muchos políticos han encontrado en los “ilegales” la excusa perfecta para justificar los problemas y hacer de la inmigración el tema más “caliente”.
En los debates entre los precandidatos, tanto republicanos como demócratas, no mencionaron las verdaderas causas de las dificultades económicas como la globalización (pérdida de trabajos) y el increíble crecimiento de China y de India (energéticos).
Resulta más fácil atacar a los indocumentados, especialmente a los mexicanos que son los más numerosos. Esta actitud se ha traducido en una avalancha de medidas antiinmigrantes, como redadas, el muro fronterizo, y ordenanzas municipales restringiendo el empleo, la vivienda, y otros derechos civiles, pese a los contraproducentes efectos que tendrán para la economía.
Pese a la gravedad del problema, el gobierno de EUA se mantiene impasible, mientras que el presidente Calderón arenga a los cónsules para defender a sus paisanos, pero con resultados dudosos.
La Administración Bush, fuera de defender su programa de trabajadores temporales, sigue adelante con sus planes de ampliar la vigilancia en la frontera.
Y Calderón no visitó suelo estadounidense durante su primer año de mandato, pese a ser su vecino, su principal socio comercial y el hogar de millones de mexicanos.
Pero finalmente Calderón ha empezado a dar indicios de querer actuar. Hace unas semanas que instruyó al cuerpo diplomático acreditado en EUA, para que convenza al mayor número de estadounidenses y medios de comunicación, de que México no promueve la inmigración indocumentada y que los inmigrantes no resultan una carga sino que por el contrario, contribuyen a la productividad estadounidense.
Asimismo anunció querer visitar la Unión Americana durante el primer trimestre de 2008 para abordar el tema migratorio.
Pero cuando Calderón visite EUA, ya cientos de miles de mexicanos habrán regresado a su tierra, ya sea deportados o forzados por las medidas antiinmigrantes, y sin esperanzas de que su gobierno les ofrezca oportunidades de empleo para una vida digna.
Lo que Calderón debería buscar en EUA es una ampliación del programa de maquilas e incentivos para las inversiones en México, como única posibilidad de aumentar acentuadamente los empleos en tierra azteca.
Igualmente el Congreso mexicano debería sacarse la venda nacionalista y aceptar la globalización mundial, actualizando sus leyes para que empresas como PEMEX puedan modernizarse y producir petrodólares para mejorar la situación interna. Con las anticuadas reglas, PEMEX no produce lo barriles de petróleo que podría, ni aprovecha los altos precios a que se está vendiendo en la actualidad.
Los EUA no verán con buenos ojos las posturas de Calderón en defensa de sus paisanos, si al mismo tiempo no ofrece una serie de ventajas económicas al inversor estadounidense y continuar su mano dura contra los narcotraficantes.
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