¿Nacionalización de la banca norteamericana?
Por Michel Leidermann
La potencial nacionalización de la banca norteamericana con fuerte inversión del gobierno federal utilizando el dinero de los contribuyentes y posible control parcial de su manejo, divide fuertemente a la sociedad, entre quienes ven en ese rescate financiero una eventual nueva República Socialista, y quienes sostienen que a estas alturas es definitivamente inevitable para salvar la economía nacional.
La contingente nacionalización de la banca ha generado un intenso debate respecto al impacto que tan drástico arreglo tendría pues abre la posibilidad de una evolución desde la actual economía de libre mercado (capitalista) a un nuevo modelo donde el Estado tendría mayor participación (socialista).
En Europa la nacionalización se ve con buenos ojos justificando un mayor rol del Estado en industrias consideradas claves (por ejemplo banca, defensa o tecnología).
Sin embargo, en los EUA ha encontrada una firme oposición entre los conservadores, fieles a la filosofía de menos impuestos y un Estado más pequeño con menos intervención en la vida y negocios de sus ciudadanos, que temen una sociedad donde el gobierno -y no el mercado- lleva la conducción económica del país.
La nacionalización de algunos bancos puede ser necesaria para facilitar una reestructuración ordenada y rápida del crédito.
Las mayores dificultades provienen de dos condiciones:
Primero, las enormes pérdidas financieras de esta crisis superan ampliamente la posibilidad de una solución privada. Las pérdidas acumuladas de los bancos norteamericanos han sobrepasado el trillón de dólares que superan grandemente el patrimonio de los propios bancos.Técnicamente están ya en una situación de insolvencia como lo refleja la caída de valores en la Bolsa. Se requiere entonces, del capital necesario para hacer frente a estas pérdidas y el único dispuesto y en condiciones de hacerlo, es el gobierno federal.
Segundo, la solución inicial de capitalizar a los bancos pero dejar que siguieran siendo administrados por los mismos ineficientes ejecutivos, enfrenta un cada vez mayor rechazo popular. En vez de tomar el capital que les ha entregado el Tesoro y la Reserva Federal y empezar a otorgar nuevamente prestamos a sus clientes, los bancos han hecho dos cosas: Una, guardar el dinero para hacer frente a posibles nuevas pérdidas y además reajustar sus anteriores políticas crediticias desde "demasiado laxas" (que fue lo que originó el problema de los subprime y financió el globo de precios inmobiliarios), a extremadamente conservadoras, dispuestos a prestarles dinero sólo a aquellos extremadamente solventes (los que probablemente ni necesitan del crédito).
Dos: la vieja costumbre, que ha causado indignación popular, de la costumbre de pagar bonos que los principales agentes generadores de ingresos suelen recibir en la industria financiera (a pesar de tomar riesgos con el dinero de los clientes y no con el propio). Solamente después de mucha presión política, los ejecutivos de las instituciones financieras han cedido a devolver bonos o a cortar sus salarios.
Los colosales montos involucrados en los programas de rescate a bancos y sus deudores, sin lugar a duda dejarán huellas profundas, ya sea en la propiedad de las entidades o en el diferente tipo de profesionales que requerirá el gobierno para manejar sus nuevas “inversiones”, cada vez más en labores que antes les eran desconocidas.
Lo cierto es que la nueva intervención del Estado en los negocios privados por su inversión en ellos, tienen por ahora resultados mixtos y desgraciadamente sus consecuencias, serán una carga para las futuras generaciones.
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