Millones de mexicanos fueron braceros hace medio siglo
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Los braceros eran hombres jóvenes de México que vinieron a Estados Unidos durante dos décadas para ayudar a EUA con las tareas necesarias en granjas y ferrocarriles.
El programa de braceros, concebido por el gobierno estadounidense, trajo a los mexicanos como trabajadores temporales, principalmente en la agricultura, para compensar una escasez de mano de obra creada por la Segunda Guerra Mundial. El programa continuó durante años a medida que los cultivadores solicitaban regularmente su extensión al Congreso.
Ahora, más de 40 años después, el programa de los braceros vuelve a ser motivo de estudio. Mientras se calcula que de 12 a 15 millones de inmigrantes indocumentados trabajan en Estados Unidos, el Congreso considera una reestructuración completa del sistema inmigratorio, incluyendo la posibilidad de algún programa de trabajadores invitados.
La cuestión es si un nuevo programa podrá evitar parte del abuso y explotación que caracterizaron el programa original.
Desde 1942 hasta que el programa bracero concluyó en los años 60, hasta unos cinco millones de trabajadores temporales mexicanos vinieron a Estados Unidos atraídos por la promesa de un trabajo estable. 4,203 trabajadores llegaron el primer año y la cifra fue subiendo hasta llegar a 445,197 en 1956.
Vinieron atraídos por jornales muy superiores a los que ganaban en su país. El programa de los braceros era una operación completa. Los reclutadores en México hallaban trabajadores y los traían a la frontera con Estados Unidos. Venían por millares; muchos viajaban hasta 17 horas en autobuses y trenes desde Chihuahua, México, hasta los centros de procesamiento. Desde allí eran distribuidos en campamentos de trabajo y granjas. Cuando los contratos terminaban, se procedía a la inversa.
El programa prohibía la discriminación y estipulaba que los trabajadores mexicanos ganaran los mismos jornales que los trabajadores agrícolas estadounidenses en la misma área. Requería alojamiento gratuito, limpio y adecuado, y servicios médicos y sanitarios idénticos a los suministrados a otros trabajadores agrícolas.
Pero a medida que fue pasando el tiempo, el Departamento de Trabajo empezó a preocuparse cada vez más por una posible explotación.
Por ejemplo, aunque el acuerdo prometía a los braceros el salario prevaleciente, sus ganancias en California nunca alcanzaron ese nivel, escribió el ya fallecido Ernesto Galarza en "Los mercaderes del trabajo" (The Merchants of Labor), un estudio del trabajo allí. Los braceros en el Valle Imperial de California en 1958 solían recibir 70 centavos por hora en comparación con $1 a $1.25 la hora para otros trabajadores agrícolas.
Pero también hubo otros abusos: intentos concertados por subvertir las organizaciones de los trabajadores intimidándolos con la amenaza de deportación, violación de las leyes laborales como la jornada de trabajo de ocho horas, o el suministro de vivienda y alimentación inadecuados.
A la larga empezó a llegar más gente a los centros de reclutamiento que la necesaria. Los braceros solían dormir en las calles o en el piso de dichos centros durante días o a veces meses, casi sin alimentos, a la espera de ser seleccionados. Algunos pagaban a los reclutadores incentivos de hasta $500.
La posibilidad de un empleo en Estados Unidos motivaba aun a más gente a cruzar la frontera ilegalmente. Además, algunos trabajadores se quedaban entre un trabajo y otro en vez de regresar a México a la espera de un nuevo contrato. A principios de los años 50, el aumento en la inmigración ilegal motivó un refuerzo importante en la Patrulla Fronteriza, lo que indirectamente reforzó la influencia de los horticultores.
Los cultivadores no tenían que preocuparse por mantener el control sobre sus trabajadores; para eso tenían a los guardias fronterizos. Si alguien era considerado flojo, podía ser detenido y enviado de regreso. Era un factor intimidatorio importante.
Pese a los contratos escritos, el programa tenía pocas protecciones reales para los trabajadores. Los campamentos de trabajo estaban atestados y los braceros recibían escasa paga, mala comida, largos horarios sin descanso, exposición a materiales peligros y, a veces, abuso físico.
Por otra parte, algunos requisitos del programa resultaban difíciles para los horticultores. Por ejemplo, el programa requería que la vivienda de los braceros tuviera puertas mosquiteras, cama y ropa de cama y utensilios. Pero las viviendas quedaban vacantes durante buena parte del año, vulnerables al vandalismo.
También fue positivo para los trabajadores, muchos de los cuales no tenían nada a su llegada. Los braceros ahorraban todo lo que podían para enviar remesas a sus familias y compraban desde herramientas hasta máquinas de coser para llevarse a su país.
Según algunos estudios de 1946, los braceros enviaban a su país entre el 35% y el 45% de sus salarios, y ese porcentaje subió aun más en años posteriores.
El Congreso canceló el programa a principios de los años 60, en gran medida debido a abusos. Además, el gobierno de John Kennedy no tenía tanta simpatía por los cultivadores grandes, y el creciente movimiento laboral agrícola empezaba a concitar atención.
Entonces los cultivadores y los rancheros volvieron a utilizar a los mexicanos que cruzaban ilegalmente la frontera.
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