Contrapuntos

 ¿Un país unido? 

Después del brutal ataque del sábado 8 en Tucson, Arizona, que causó 6 muertos y 14 heridos, Estados Unidos comenzó a reflexionar muy seriamente sobre las divisiones entre sus habitantes, el aumento de la intolerancia y del fanatismo, y el encono en la política y la sociedad estadounidenses.

Si bien todavía se ignoran los verdaderos motivos del atacante, Jared Lee Loghner, un joven de 22 años con serios problemas psicológicos, el debate que generó su violento acto puso de manifiesto una vez más, cuán agitada está el medio político de Washington.

Mientras que para algunos la locura de Loughner se parece mucho a la de los enfermos mentales que perpetraron los ataques en Columbine High School en 1999 y en la Universidad Virginia Tech en el 2007, otros la compararon con el realizado por Timothy Mc Veigh, un militante ultraconservador, contra un edificio público en Oklahoma en 1995.

Nadie puede, sin embargo, negar el hecho de que el ataque de Loughner tuvo lugar en momentos cuando el resentimiento y la animadversión provocados por la campaña electoral de noviembre pasado, todavía siguen intactos.

El disgusto, la ira y el racismo que tienen lugar actualmente en este país, son escandalosos y desgraciadamente aún no han cambiado los prejuicios y la discriminación racial. La retórica arrebatada en el terreno político puede ser considerada libertad de expresión, pero tiene sus consecuencias. Sólo hay que ver cómo responden estos desequilibrados al encono que difunden políticos y civiles en contra de las autoridades y las declaraciones violentas de activistas antigubernamentales que no esconden su odio contra determinados funcionarios públicos.

Si bien todavía es difícil medir el alcance del impacto que tendrá este ataque en la sociedad estadounidense, es ineludible que la nación se haga una profunda reflexión sobre como manejar sin violencia, sus diferencias de opiniones. Así como las amenazas de muerte al presidente o de bomba en los aeropuertos, son delitos, también deberían serlo el lenguaje incendiario de los locutores de radio y televisión.

Algo admirable de la democracia estadounidense es que en sus 234 años de historia no hayan ocurrido golpes de estado y que la Guerra Civil haya sido la única incidencia mayor en que las diferencias políticas fueron dirimidas a tiros. La violencia en todas sus formas es inadmisible. Y jamás se puede justificar si por preferencias políticas.

No obstante, es paradójico  que en los esfuerzos para unir al país y evitar nuevas violencias, como declararon muchos lideres después del ataque, nadie se haya preocupado por reconocer que  una de las posibles razones de estos fraccionamientos, es que los propios estadounidenses no quieren ser un todo. Seguimos hablando de minorías y de mayorías, y de afro-americanos y de méxico-americanos, entre algunas de las muchas divisiones “legales”. Para comenzar, se  debería reconocer que todos sus ciudadanos son AMERICANOS, sin importar el color de su piel, el idioma que hablan, su orientación sexual, o la religión que profesan. Mientras se sigan encontrando razones para dividir a los estadounidenses, el país no podrá unirse como un todo, y los grupos étnicos y políticos encontrarán excusas para oponerse violentamente o no, a los intereses  y particularidades de otros grupos.

Algunos sostienen que EEUU ya no es más un “crisol”, sino más bien una “ensalada” en la que se distinguen claramente cada uno de sus ingredientes, pero que tiene sabor propio si se adereza perfectamente con la salsa del americanismo y de la verdadera igualdad ante la ley.

 

Edición de esta semana
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Michel Leidermann
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par Michel Leidermann
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