¿Quienes sómos en la vida?
Por Michel Leidermann
En una reciente reunión de Rotary, el disertante nos desafió a no ser sólamente un transeúnte en este mundo, si no a dejar un legado.
Si convertimos proporcionalmente la población mundial en sólo una aldea de 100 habitantes, nos sorprendería conocer los resultados: 57 asiáticos, 21 europeos, 14 del hemisferio occidental norte y sur, con sólo 6 de los EUA; 8 africanos; 52 mujeres, 48 hombres; 70 no blancos, 30 blancos; 70 no cristianos, 30 cristianos; 89 heterosexuales, 11 homosexuales; 6 controlando 59% de la riqueza; 80 en viviendas sub-estándar; 70 que no pueden leer; 50 sufriendo de malnutrición; 1 casi muriendo; 1 por nacer, 1 universitario; y 1 que tiene computadora.
Considerando al mundo desde esta perspectiva tan simplificada, entendemos que si despertamos con más salud que enfermedad, somos más afortunados que millones que no sobrevivirán la semana. Si nunca sufrimos los peligros de la guerra, la soledad de la prisión, la agonía de la tortura o las punzadas de la hambruna, estamos mejor que 500 millones de personas en el mundo.
Si podemos ir a la iglesia sin temer acoso, arresto, tortura o muerte, somos más afortunados que 3 billones de personas en el mundo. Si tenemos comida en el refrigerador, ropa puesta, un techo y un lugar para dormir, somos más ricos que el 75% del mundo.
Si tenemos dinero en el banco, en la billetera, y monedas en la alcancía, estamos entre el 80% de los ricos del mundo. Si nuestros padres siguen vivos y casados, somos un fenómeno aún en los EUA y Canadá. Y si podemos leer, somos más afortunados que 2 billones de personas en el mundo que no saben leer.
No contemos sólo los amaneceres, minutos, horas o días. Todos nuestros bienes coleccionados y amados, pasarán a otros; la riqueza, fama y posesiones temporales se marchitarán ignoradas sin importar cuanto poseíamos; los rencores, resentimientos, frustraciones y envidias desaparecerán finalmente, y así también acabarán las esperanzas, ambiciones, los planes y listas de cosas por hacer. Los triunfos y derrotas que parecían tan importantes, se olvidarán.
No importará de donde vinimos ni adonde vivimos; al final ni siquiera importará si fuimos bellos o brillantes, hasta nuestro sexo y color de piel serán irrelevantes, de modo que entonces ¿qué importa verdaderamente? ¿Cómo medir el valor de nuestra vida?
Lo que importa no es lo que compramos, sino lo que construimos; no lo que tuvimos, sino lo que dimos; no el éxito, sino su significado; no lo que aprendimos, sino lo que enseñamos, y cada acto de integridad, compasión, coraje o sacrificio que enriqueció, animó o permitió a los demás a seguir nuestros ejemplo.
No nuestra capacidad, sino nuestro carácter. No cuanta gente conocimos, sino cuantos sentirán nuestra partida como una verdadera pérdida. No nuestros recuerdos, sino las memorias que quedan en aquellos que nos aman. Lo que importará es por cuanto tiempo nos recordarán, quienes y porqué.
Vivir una vida significativa no ocurre por accidente. Escojamos vivir una vida que realmente deje un legado y haga la diferencia.
¿Y usted que opina?
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