La Historia del Sargento Aldo Reyes:
Por Rafael Nuñez
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Aldo Reyes

A sus 32 años, el sargento de la Guardia Nacional, Aldo Reyes, es hoy en día un verdadero triunfador, ya que ha logrado una serie de metas personales y profesionales que cualquiera envidiaría. Pero si uno se remonta en el tiempo hasta 1993, cuando Aldo tenía sólo 13 años, parecería que la suerte ya estaba echada para este humilde chico, criado mayormente en los barrios pobres del sector suroeste (“southwest”) de Little Rock, y también parecería que su futuro –que en aquel entonces aparentaba algo nada halagador– lo convertiría en un verdadero adulto “perdedor” (“loser”), con frecuentes entradas y salidas de la cárcel, tal vez intercaladas con periodos cortos de trabajo por aquí y por allá, en una serie de empleos sin futuro y con sueldo mínimo,… en fin, una vida a la deriva, insulsa, sin mayores posibilidad de progresar.

Aldo dice que cuando era niño, su padre siempre le decía: “no seas como yo. Tú tienes que llegar a ser mejor que yo”. Y Aldo agrega al respecto: “es curioso como, igual que un río, todo en la vida vuelve a su cauce, ¿no?… Exactamente igual como mi padre lo hacía conmigo, ahora eso mismo es lo que yo estoy tratando de enseñarles todos los días a mis hijos”.

Así pues, al iniciar sus años de adolescencia, al parecer sus cartas ya estaban echadas, y su vida de adulto sería, cuando mucho, una vida mediocre e insignificante, y por fin su historia terminaría –como la historia de tantos otros chicos pobres– en un final triste, o al menos gris. Si tal fuera el caso, la historia de Aldo Reyes no sería nada sorprendente, y sería una más del montón de tristes historias sobre jóvenes vidas echadas a perder por los malos hábitos, los vicios y la falta de oportunidades, que casi siempre terminan en la cárcel o en una muerte temprana y en circunstancias difíciles, ya sea por sobredosis de drogas o por violencia.

Pero Aldo no se dejó vencer por las dificultades que le presentó su adolescencia, problemática, llena de malas compañías, y plagada de tentaciones callejeras y malos hábitos. Y es precisamente por eso, por la gran voltereta que Aldo le dio a su vida, que su historia resulta sorprendente y digna de contar.

 

Circunstancias Difíciles

Aldo Reyes nació en 1980 en Little Rock. Entre el primer y séptimo grado escolar, o sea, entre los 6 y 12 años de edad, asistió a seis escuelas diferentes. Y no es que Aldo estuviera metiéndose en problemas a tan temprana edad, sino más bien era que sus padres, en su condición de inmigrantes chilenos recientes, tenían que trabajar, ambos, y frecuentemente hasta en dos o más empleos para poder sacar a la familia adelante, y tenían que mudarse con frecuencia. Además, el hecho de que sus padres siempre estaban trabajando, provocó que Aldo prácticamente terminara por criarse en las calles de los barrios pobres del sector suroeste y del sector centro de la ciudad, con todos los riesgos y desventajas que eso conlleva.

“La verdad es que yo crecí sin tener una red de apoyo a mi alrededor. Esto provocó que ya en el séptimo grado, empezara a ‘echarmme la vaca’, es decir, a no asistir a la escuela, prefiriendo irme a pasear por las calles con mis amigos de correrías. Empezamos a robar en la antigua tienda Walmart sobre la Colonel Glenn (cerca de la avenida University), así como en el supermercado Kroger’s que aún está allí, y en la tienda K-Mart que estaba al cruzar la calle. Robábamos cigarrillos, dulces, videojuegos portátiles, etc. Y luego regresábamos a la escuela (Southwest Junior High) para vender los artículos que habíamos robado. En ese entonces las escuelas del sector tenían muchos problemas, y yo llegué a ver en el baño de los hombres de la Southwest a estudiantes jugando a los dados por dinero, mientras otros vendían drogas allí mismo. En aquel entonces, si uno tenía que orinar, uno no acudía al cuarto de baño, ya que todo mundo sabía lo que pasaba allí adentro”, dijo Reyes, quien agregó que “debido al elevado número de clases que perdí en el séptimo grado, al siguiente año tuve que a tomar cursos de recuperación (‘remedial classes’)”.

“La Guardia Nacional me ha ayudado de muchísimas maneras para conseguir incrementar cada vez más mi nivel de educación. Y todo eso fue, básicamente, de forma gratuita” -- Aldo Reyes.

“Recuerdo también que a mediados del séptimo grado, tuve que cambiar de escuela ya que me mudé a vivir con mi papá en Bryant, ya que después de mis problemas con la policía y mis dos primeros arrestos, mi mamá ya no quería que yo viviera con ella. Así pues, empecé a asistir a la Bryant Middle School, y me sentí totalmente desubicado, puesto que todos los estudiantes eran anglosajones, y hasta entonces yo me había criado y asistido a escuelas donde la gran mayoría de los estudiantes eran de raza negra”, indicó Aldo. “De hecho yo siempre me sentí un tanto desubicado en casi todas las escuelas a las que asistí, puesto que casi siempre yo era el único latino en mi clase, y mientras que mis compañeros de raza negra creían que yo era anglosajón, mis compañeros anglos creían que yo era, de alguna manera, diferente a ellos. Así pues, no era totalmente aceptado por ninguno de esos dos bandos”.

El sargento Reyes dijo que otro incidente que sobresale en su memoria es que, cuando comenzó el octavo grado (en la “Henderson Junio High” [hoy en día “Henderson Middle School”], puesto que su papá se había mudado de regreso a Little Rock), el primer día de clases tres estudiantes de raza negra le propinaron una golpiza, “algo que me sorprendió mucho, puesto que hasta entonces yo me había criado mayormente entre chicos de raza negra en el sector de southwest Little Rock, y por tanto no entendía por qué estos tres me estaban golpeando. En aquel entonces yo entendía muy poco sobre las divisiones “territoriales” entre cada sector de la ciudad, y sobre el hecho de que podías recibir una golpiza por estudiantes negros sólo porque te percibían como ‘blanco’ o anglosajón”.

Reyes expresó que su paso por la escuela Henderson no fue nada agradable, ya que continuaba sintiéndose desubicado. Así pues, continuó ‘echándose la vaca’ y en vez de ir a la escuela prefería continuar con sus correrías por las calles, y a menudo con sus amigos se escondían en zonas ‘boscosas’ para que las autoridades no los vieran. Dijo que, sólo asistía a clases uno o dos días de cada semana, cuando mucho. Otra cosa que notó, una vez más, era que el baño para varones de la Henderson se usaba, igual sólo para jugar a los dados y para vender droga.

Hasta aquí, todo parecía ir de mal en peor para Aldo, y su carrera escolar iba ya en picada, y al parecer nada iba a detenerla. Pero entonces, ¿qué fue lo que cambió para Aldo? ¿Cuándo empezó ese cambio, de negativo a positivo, que cambiaría su vida para siempre?

 

El Cambio de Rumbo

Aldo dijo que en realidad no fue un solo momento el que cambió su vida, sino varios, y que todo comenzó cuando empezó a notar diferencias muy importantes al momento de salir de la escuela Henderson y empezar a tomar clases en la North Little Rock High School, ya que había regresado a vivir con su mamá. “Todo era muy diferente allí. Por un lado, a los guardias de seguridad de la North Little Rock High sí les importaba el bienestar de los alumnos. Realmente nos cuidaban, y se aseguraban de que siempre hiciéramos lo correcto, por nuestro propio bien. Y los baños siempre estaban limpios, y se usaban para lo que deben usarse, y punto. Cuando empecé a asistir a clases en esa escuela, fue cuando vi por primera vez en mi vida la posibilidad de llevar una vida diferente. De que yo podría tener un futuro promisorio si me aplicaba y trataba de hacer las cosas bien”.

Pero los malos hábitos son difíciles de romper, y así, Aldo continuó por varios meses evadiendo ir a la escuela. “Como en North Little Rock nadie ‘se echaba la vaca’, yo simplemente no me subía al autobús escolar por la mañana, optando por irme caminando hacia los parajes boscosos donde a veces me encontraba con chicos de Little Rock, que al igual que yo, se estaban ‘echando la vaca’”.

 

La Primera Meta

Sin embargo, cuando Aldo cumplió los 16 años, casi al final del noveno grado, él empezó a tratar de mantener un promedio de ‘C’ en sus calificaciones (el equivalente a un ‘7’ o ‘8’ en el sistema latinoamericano de calificaciones). La razón era que solamente si mantenía un promedio de ‘C’ podría obtener su licencia de conductor. Esa meta, que era la primera que se trazaba en la vida, la logró al obtener su licencia, tras lo cual obtuvo su primer empleo ese verano, trabajando en el restaurante Luby’s en el McCain Mall. En septiembre, cuando se reanudaron las clases y Aldo ya estaba en el décimo grado, todo parecía ir viento en popa. “Empecé el décimo grado como nunca: asistía a todas mis clases, y después de la escuela, por las tarde, me iba a trabajar a Luby’s. Todos los días, de lunes a viernes, esa era mi rutina, y me sentía muy bien llevándola a cabo. Sentía que por primera vez veía una luz al final del túnel, o sea, una salida hacia la posibilidad de una vida mejor”.

 

La Recaída

“Como a mediados del décimo grado, un día, después asistir a clases, me bajé del autobús escolar para ir a casa, y vi que mi hermano, que era mayor que yo, estaba allí en la calle junto con su novia y algunos de sus amigos” narró Aldo. “Caminé hacia ellos para estar con mi hermano un rato. La novia de mi hermano, sola, entró a una tienda y se robó un paquete de cigarrillos. Cuando ella salió de la tienda y de nuevo se nos unió, varias personas de la tienda salieron y nos estaban apuntando con la mano. Era claro que la habían visto robándose los cigarrillos y que le habían hablado a la policía. Enseguida llegó una patrulla policíaca, y todo echamos a correr. Los policías empezaron a perseguirnos, y terminaron por arrestar a la mayoría, incluyéndome a mí. El policía que me arrestó me dijo que a todos se nos iban a hacer cargos de robo. Pero cuando investigaron, se dieron cuenta que yo había ido a la escuela ese día, y que yo no había robado nada. Sin embargo, me hicieron cargos de haber huido de un oficial policíaco y, desafortunadamente, con mis antecedentes, provocó que tuviese que ir al juzgado para menores. Al estar ante el juez, éste me dijo que tal vez lo mejor para mí era asistir a un campamento militar para menores de 10 semanas de duración, a manera de medida correccional, pero le dije que yo ya había asistido a dicho campamento tiempo atrás, cuando cursaba el octavo grado. Entonces el juez dijo que no le quedaba otra opción que enviarme al centro de detención para menores para que yo permaneciera allí hasta que cumpliera los 18 años. Entonces yo le pedí al juez que por favor no me enviara, y que en vez de ello me dejara matricularme en el programa ‘Youth Challenge’ (Reto para Menores), un programa para menores en dificultades, para poder continuar estudiando y obtener mi ‘General Education Diploma’ o GED (el certificado equivalente a un diploma de graduación de la high school o preparatoria). El juez estuvo de acuerdo con esto, y hasta me dijo que si yo me matriculaba y él se daba cuenta de yo estaba haciendo las cosas bien por toda la duración de dicho programa, y me graduaba del mismo, entonces desecharía los cargos en mi contra. Así pues, ese programa representaba mi salvación. Pero una condición para matricularse en el programa ‘Youth Challenge’ es que uno debe abandonar la escuela regular. Así pues, traté de convencer a mi consejera escolar para que me dejara abandonar la escuela. Pero ella no creyó que el juez había aceptado mi propuesta, y así que no me quedó más remedio que hacer todo lo posible, por una semana entera, para que me corrieran de la escuela. Me comporté mal por cinco días, hablando en alto en clase, y volteando mesas y sillas en los pasillos entre clase y clase, hasta que mi consejera por fin se convenció de que yo necesitaba ser expulsado”.

El Inicio del Ascenso

a Una Nueva Vida

Aldo estuvo en el programa ‘Youth Challenge’ por 22 semanas. Obtuvo su certificado GED y se graduó del programa en enero de 1997. Después de graduarse, su padre lo envió a Chile para que pasara en casa de su abuela, un total de tres meses, en un esfuerzo por alejarlo un tiempo de las malas influencias y amistades que abundaban en Little Rock. “Recuerdo que fui para Chile la primera semana de febrero de 1997, y que regresé a Little Rock a principios de mayo. Viajar a Chile y estar allá por tres meses fue lo mejor que me pudo haber pasado. Por necesidad, tuve que aprender a hablar español, ya que nadie a mi alrededor sabía hablar inglés. Puedo decir sin lugar a dudas que regresé a Little Rock muy cambiado. Pero en realidad los cambios positivos en mi vida habían empezado mientras estaba en ‘Youth Challenge’ (YC), porque empecé a pensar en lo que iba a hacer yo con el resto de mi vida. En cuanto regresé de Chile, de inmediato salir a buscar trabajo. En el programa de YC me habían enseñado a trazarme metas de corto plazo que fueran realísticas, y metas de largo plazo que fueran creíbles. Así pues, mis dos metas de corto plazo eran obtener un empleo; y luego obtener un auto. Mi meta de largo plazo era obtener mi propio apartamento. De los 17 a los 18 años me la pasé trabajando. Luego, al cumplir los 18 años, conocí a la chica que con el tiempo se convertiría en la madre de mis tres niños mayores. Mi primera hija nació un año después. Otro momento clave para mí fue cuando por primera vez tomé conciencia de que muy pronto iba a ser padre. Fue entonces que decidí unirme a las Fuerzas Armadas estadounidenses y, en específico, a la Guardia Nacional. Todo ocurrió casi al mismo tiempo: mi hija Jessica nació el 30 de marzo de 1999, y yo presté juramento con la Guardia Nacional el 21 de abril de ese mismo año. Mi primer compromiso contractual con la Guardia Nacional era presentarme a trabajar en el cuartel un fin de semana de cada mes y adicionalmente dos semanas enteras cada año”.

Luego, en el 2000, Aldo empezó a enterarse sobre las oportunidades y beneficios educacionales que ofrece la Guardia Nacional y empezó a tomar algunas clases universitarias durante sus ratos libres después de su trabajo regular como auxiliar de enfermería en un hospital en Little Rock. Así transcurrieron los primeros años de su nueva vida. Por razones de trabajo, tuvo que dejar de tomar clases universitarias por varios años. Durante este periodo, su compromiso con la Guardia Nacional se incrementó, y empezó a trabajar de tiempo completo en la base militar de Camp Robinson. Después, se divorció de su mujer, y ya casado con su segunda esposa, en el 2007, empezó a tomar clases en la universidad de nuevo. Su meta era obtener su A.S. (Associate of Science). Tras lograr esto, en el 2008 empezó a tomar clases para la obtención de su Licenciatura en Ciencia (B.S.). Finalmente, en el 2010 se graduó de la John Brown University (campus Little Rock) con una Licenciatura en Gerencia Organizacional (Bachelor of Science in Organizational Management).

“Luego, en el 2012, empecé a pensar en obtener una Maestría en Liderazgo y Gerencia (Master of Arts in Leadership and Management). Así en enero del 2012 comencé a tomar cursos de posgrado para obtener mi maestría. Si todo sale bien, contaré con mi maestría para el 2014. Mi meta es que cuando llegue el tiempo de retirarme de las Fuerzas Militares, a los 44 años de edad, irme a trabajar, con mi maestría en mano a alguna institución educativa, o tal vez para el gobierno estatal en alguna capacidad, o con alguna institución médica”, explicó Aldo.

 

Vuelta al Presente

Hoy en día Aldo Reyes es un orgulloso padre de cinco hijos y un soldado con un futuro prometedor. Pero cuando contempla su pasado, dice que el momento que más le cambió la vida fue, sin duda alguna, cuando se puso a pensar en que iba a ser de él y su joven familia en vísperas de que naciera su hija Jessica. “Pensé, ¡wow, mira nomás qué cosas! Todo lo que tengo es un GED, una educación de noveno grado, y estoy trabajando en Taco Bell ¿Qué puedo hacer con mi vida para que mi hija pueda estar orgullosa de mí?”.

Aldo entonces contestó su pregunta: “Deseo ser un soldado”. Y decidió unirse a la Guardia Nacional de Arkansas. Con los años, Aldo continúa buscando establecer y alcanzar metas aún más altas, y ser un modelo positivo para sus hijos.

Recordando a todos los individuos que lo conocieron de joven, cuando él andaba por las calles de Little Rock en busca de problemas, Aldo señaló: “Ellos tal vez no esperaban que yo llegara tan lejos. Creo que todo mundo esperaba mucho menos de mí. Pero gracias a la Guardia Nacional, he logrado más de lo que podía imaginar en aquel entonces”.

Durante sus 13 años de carrera con la Guardia Nacional de Arkansas, ha recibido un certificado técnico de Pulaski Tech; un título de asociado de Vincennes, otro grado de asociado de Pulaski Tech; una licenciatura de John Brown University, y actualmente está trabajando en la obtención de una maestría de la Webster University. “La Guardia Nacional me ha ayudado de muchísimas maneras para conseguir elevar cada vez más mi educación. Y todo eso fue, básicamente, de forma gratuita”. Aldo dice que las palabras de su padre también fueron una inspiración para tener éxito, y que ahora él usa las mismas palabras para inspirar a sus propios hijos: “No seas como yo. Tú tienes que llegar a ser mejor que yo”. Aldo indica, emocionado al respecto: “Es curioso como todo vuelve a su curso, ¿no?,… pero exactamente igual como mi padre lo hacía conmigo, eso es exactamente lo que estoy tratando de enseñarles a mis hijos, todos los días”.

Edición de esta semana
CLUB ROTARIO DE WEST LITTLE ROCK OTORGA BECAS A LATINOS 
El miércoles 13 durante su junta semanal regular, el West Little Rock Rotary Club a través de su Fondo de Educación y Beneficencia, entregó becas de estudios de $1.000 por semestre para el año académico 2018-19, a tres jóvenes estudiantes secundarios graduados que cumplieron con los requisitos de calificaciones, necesidad financiera, liderazgo, y servicios a la comunidad y/o escuela.   / ver más /
EL LATINO recibió la denuncia del padre de una alumna de la escuela Hall High de Little Rock, cuando se dio cuenta que, en el boletín escolar de la niña, no habían traspasado la mitad de sus créditos por los cursos completados.     / ver más /
Michel Leidermann
comentario
par Michel Leidermann
Si puede, recuerde cuando usted era pequeño y recuerde cómo se sintió al estar separado de su madre y su padre. No solo jugando en el patio o en la calle o parque, incluso por un corto momento, sino verdaderamente perdido. Recuerde el pánico que sintió.   / ver más /