Los Inmigrantes: una historia repetida
Por Michel Leidermann
La historia de los Inmigrantes a los Estados Unidos es un cuento repetido.
Los Estados Unidos iniciaron el siglo XXI igual como comenzaron el XX, resucitando el debate sobre la inmigración y su impacto en la identidad cultural americana.
El boicot general de los inmigrantes ilegales el pasado 1 de mayo, volvió a plantear la cuestión de lo que significa ser un americano, una pregunta que continúa captando el interés de todos los ciudadanos.
A pesar de la histeria fantaseada por los medios de comunicación, esta problemática es tan vieja como la república misma.
Mientras que el asunto de la reforma de la inmigración merece una discusión honesta, todo diálogo serio inevitablemente es influido por la demagogia del miedo de ser pasado por encima por los extranjeros recién llegados.
Lo irónico es que los que dicen que la inmigración amenaza destruir la base de nuestra sociedad, son ellos mismos descendientes de inmigrantes que fueron abusados semejantemente en su momento. Históricamente, tal argumentación ha dado lugar a políticas que traicionan la promesa del sueño americano, tan central a nuestra herencia histórica.
Con la fundación de los Estados Unidos, la cuestión de la inmigración comenzó a molestar a la nueva sociedad americana. La “Ley de Extranjeros y de la Sedición” de 1798, limitó la libertad de expresión; alargó el proceso de naturalización de 5 a 14 años, y autorizó la deportación de extranjeros que parecieran una amenaza a la seguridad nacional.
Por los años 1840s, el sentimiento anti-inmigrante volvió a surgir cuando inmigrantes irlandeses inundaron Nueva York y Boston, escapando de los horrores de la “hambruna de la papá” en su país.
Los movimientos nacionalistas incitaron el sentimiento anti-Irlandés en muchos frentes. Definiendo a la sociedad americana como protestante, los nacionalistas resaltaron su miedo de ser atropellados por los católicos irlandeses, cuya lealtad política hacia el país era cuestionada frente a su lealtad hacia el Papa.
Los nacionalistas utilizaron estereotipos ingleses antiguos de que los irlandeses eran salvajes, para objetar su habilidad de asimilarse a la cultura americana. La economía se convirtió en una herramienta para los nacionalistas mientras argumentaban que los inmigrantes irlandeses harían bajar los salarios y agotarían los limitados recursos públicos, un tema introducido nuevamente el 2006 para reducir el apoyo a la inmigración ilegal (aunque el país goza del desempleo más bajo en años: 4.7%).
La expansión económica que los Estados Unidos experimenta este año, se debe en gran parte al trabajo de los inmigrantes, como lo hicieron otros recién llegados hace más de un siglo.
A fines del siglo XIX y a principios del XX, y a medida que la industrialización a gran escala avanzaba, los inmigrantes originarios de Europa Meridional y Oriental, proporcionaron la mano de obra barata y abundante que la máquina industrial americana necesitaba para crecer.
Los números de inmigrantes de estas partes de Europa llegando la isla Ellis (punto de entrada en Nueva York), eran los más grandes que los Estados Unidos habían visto.
Figuras notables tales como Henry Adams y Theodore Roosevelt, preguntaban si los Estados Unidos, fundados sobre su herencia anglosajona, podrían adoptar a una gran cantidad de inmigrantes eslavos e italianos cuyos índices de natalidad sobrepasaban a los de los residentes americanos con raíces en el Norte de Europa. Estos sentimientos culminaron con las Leyes de la Inmigración de 1921 y 1922, las cuales restringieron importantemente la inmigración desde Europa Meridional y Oriental, creando con esas restricciones consecuencias siniestras para los judíos de Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial (que no fueron admitidos en Estados Unidos a pesar de ser asesinados por millones durante el Holocausto).
No fue la costa Este de Estados Unidos la única fuente de tensiones culturales por la inmigración. La costa Oeste fue centro de acciones y políticas exaltadas contra los asiáticos. La inmigración china, crucial para la construcción del ferrocarril transcontinental, levantó miedos similares, como por ejemplo que los estados occidentales tal como California, serían atiborrados por extranjeros inasimilables, lo que bajaría los salarios y amenazaría la vida americana.
En 1882, la Ley sobre la “Exclusión China”, la primera ley americana diseñada para restringir la inmigración, acabó con la inmigración china y condenó a generaciones de chinos a permanecer solteros porque no podrían traer novias desde China.
Medidas similares fueron propuestas para los inmigrantes japoneses, resultando en el “Acuerdo entre caballeros” de 1906, por el cual el gobierno japonés restringió voluntariamente el número de sus ciudadanos que emigraban a los Estados Unidos. Treinta y cinco años más adelante, la Orden Ejecutiva #9066, firmada a consecuencia del ataque japonés sorpresa a Pearl Harbor, Hawai, relegó a los americanos de descendencia japonesa o nacidos en Japón, a los campos de la internación (Jerome y Rohwer en Arkansas), porque eran “amenazas a la seguridad nacional.
No sería una exageración afirmar que si el precedente de esa internación no hubiese estado tan desacreditado, algo similar hubiera sucedido con los Árabe-Americanos después del 11 de septiembre de 2001.
La retórica y las políticas anti-inmigración tienen una historia larga en nuestro país. Los mismos errores y argumentos sobre la dilución de la identidad nacional y la calidad de la vida americana, se han repetido continuamente, ya sea aplicados a los inmigrantes irlandeses o a los mexicanos.
Ahora, los americanos tenemos la oportunidad de romper el ciclo de la histeria y de bosquejar nuevas políticas futuristas progresistas que aprovechen el gran potencial que ofrecen los inmigrantes y que enriquecen aún más a nuestra nación.
No podemos continuar cayendo presa del falso pregonar de los demagogos.

(Este artículo fue escrito en inglés por Dino E. Buenviaje, de la Universidad de California, Riverside, y distribuido por History News Service 5-15-06). Publicación autorizada.
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